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Relatos Oscuros

Relatos góticos, pensamientos decadente y otros tipos de escritos en los que impera la tristeza, el dolor, etc.

A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo.

María duerme. Le ha costado mucho hacerlo, el miedo y el estrés se lo impedían con tesón; tiene verdadero pánico a quedarse dormida. Pero el cansancio finalmente la ha rendido. Padece de insomnio desde hace tiempo, descansa poco, pero llega un momento cada noche en que el agotamiento la vence debido a la falta de sueño y a la angustia acumulada por él durante el día, aunque siempre vuelve a despertarse al poco de cerrar los ojos, con horribles pesadillas, acumulando más fatiga y amargura.

El pasillo de la planta baja era oscuro y estrecho. Al fondo, una única luz brillaba en el umbral de las escaleras que bajaban al sótano, a la sala de la caldera, allí donde una noche más volvían a escucharse las voces.

Hasta donde llegaban sus recuerdos, la puerta siempre había estado cerrada. Con sus nueve años de vida, Charly ya había pensado a menudo sobre aquella vieja puerta, erguida en medio del pasillo, de camino a su habitación. Siempre había experimentado una rara molestia al pasar frente a ella, como si se sintiera observado por alguien del otro lado, escrutándolo a través de la mirilla de la cerradura.

Llevo 45 minutos encerrado en el baño. Durante la primera media hora no me he atrevido ni siquiera a moverme. Menos mal que alguien se ha dejado este catalogo de playas en el baño. Tiene una parte para anotar datos sobre hoteles. Escribir parece que me reconforta.

¿Pastillas para no soñar? La primera que vez que escuché esto no lo podía creer. De seguro quería estafarme como los otros, pero juraba que eran reales. "Es en serio, y si no me crees, compruébalo tú misma" me dijo la anciana con quien yo había acudido en busca de ayuda para no volver a soñar con mi queridísima perrita que había muerto hace pocos días al ser atropellada.

Hace mucho tiempo existió una niña llamada Yaiza. Ella era rubia y siempre iba peinada con dos trenzas. Tenía 9 años. El 3 de Abril de 1876 hizo su primera comunión. Su madre le regaló una muñeca de porcelana vestida de comunión que tenía una vela en la mano.

Ha llegado el final. No puedo calmarme. Siento que algo va a suceder, que alguien va a venir a por mí en cualquier momento. Ya no puedo ver nada a mi alrededor, mi corazón ha dejado de latir. Mi cuerpo no responde a mis deseos. Sólo quiero salir corriendo, huir lo más pronto posible.

Avanzaba inexorable la noche, y las puertas de la Catedral fueron cerradas. El lugar quedó en el más absoluto silencio. Los dos últimos feligreses que durante largas horas habían permanecido postrados a la demanda de favores celestiales, traspasaban bajo el inalcanzable frontispicio y se perdían tan de súbito como llegaron.

Noche cerrada... Ya habían pasado unas horas desde que se había perdido en aquel bosque, su madre le dijo centenares de veces que no tomase el camino del robledal para ir a casa, ella no la hacia caso, conocía ese bosque como la palma de su mano, iba con su padre desde que tenia cuatro años a recoger setas y a observar los pájaros de alegres colores durante horas...

Todos los días sometida en la misma oscuridad cansa, todos los días estar amarrada de una cadena duele, cada vez que la corro un poco puedo divisar las heridas que deja en mi blanca y pálida piel, pero la verdad es que ya no me duelen tanto, estoy acostumbrada desde una corta edad a que esto sea así.

Oscuridad, todo es oscuridad, noto poco a poco como puedo abrir los ojos, la luz me daña los ojos, no puedo de momento ver nada, estoy en el suelo, acurrucado, desnudo, noto algo viscoso sobre mi, pero no se lo que es....

Es 23 de Septiembre y vuelve de nuevo a la rutina que tanto odia. Hoy es otro año más en el que volver a sentirse sola, otro año más para sentir las humillaciones por parte de sus compañeros y por parte de algunos profesores.

Este relato acontece en la noche de ayer cuando me hallaba solo en mi casa, sentado en mi cama protegido por las cuatro paredes de color blanco agrietadas en lugares casi imperceptibles. Esas murallas tienen algo, no sé que es pero algo producen en mí que me hacen viajar a parajes extraños, lugares que jamás he visto y nunca veré.

La tarde llora lágrimas doradas, las hojas muertas que caen desde los árboles incitan a pensar en la vida misma. La tierra negra se cubre con la alfombra de hojas que alguna vez estuvieron sobre los árboles que ahora lucen grises y exentos de vida. Frente a mi, se encuentra una cruz, hecha de madera negra, vieja y anticuada, apenas erguida junto a los restos de lo que pudo haber sido un pozo... si, es un pozo.

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