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Qué miedo da entrar a descubrir la delgada misteriosidad de las velas. Cuando cubren la estancia, es como si algo las alentara. Todo lleno de velas. Y mi cita en el aire. ¿Quién será?

Es hermosa. De eso no me cabe duda. La he visto y su perfume, me ha llenado de embriaguez. De una sensación embriagadora, hasta donde el hombre puede alcanzar.
Más, había algo oscuro en su estructura. En su estacionamiento aéreo, hasta que, jugando con mis orificios nasales, se introducía en mi cuerpo, camino de mi corazón...
No sé...
Quizás, fue producto de la tentación. Pero es una tentación, que no es oscura. El amor es el amor. Y nos llena de luz.
En un suspiro vendrá aquí. Ojalá pudiera haber encontrado un candil, o algo parecido. Pero, no ha podido ser. Todo lleno de velas. No me siento cómodo.
De pronto...
No. No es ella.
Son sonidos de las oquedades del lugar: Una cueva. Sí. Una cueva semisubterranea. Y esos ecos que distorsionan con su continuo disturbar, los sonidos que el silencio crea.
Ella está al llegar. Debe de ser una persona maravillosa. Solo he podido hablar un momento, con ella. Lo bastante, para que, sorpresivamente, ella me cite. Quiere verme a solas. Que es como los amores se regalan, con la dulzura necesaria proveída por la intimidad.
Sí. Ahí sí, que podré tenerla en mis brazos.
Entonces, oigo un sonido. Es inconfundible. Tela de raso, rozando contra paredes de piedra. De la tela de raso de su vestido. Una luz se empieza a dejar ver, por la entrada a este habitáculo de la cueva, en el que me hallo.
Ya está ahí. Ya llega.
Entonces, lo que veo me llena de horror, aunque de alguna manera, también me maravilla:
No lleva vela. Ni candil.
Es su propia luz, la que ilumina su llegada.
Ella me mira. Y una voz suena. Una voz, casi infantil. En un canto, escalofriante, que me llena de hielo las venas.
"En la cueva entrarás, pero nunca de ahí escaparás..."
Una y otra vez, la vocecita infantil repite la cancioncilla.
De pronto, con una inocencia, infantil, cesa el canto, deshojando una risita juguetona, que se queda en el aire...
Ella se me acerca, mientras pone un dedo en sus labios, y me dice:
¡Ssscchhh! No tengas miedo. Quiero expresarte mis sentimientos, hacia ti. Tu corazón, está en mi poder. Para siempre.
Sus labios se pegan a los míos. La heladez de su beso me traspasa de parte a parte, como una invisible lanza. Su abrazo me hiere de frío, mientras me envuelve, como una fría ventisca de invierno. Sus manos viajan por mi cuerpo, hasta que no queda un rincón que recorrer.
Entonces, ella retira sus labios de los míos y me mira, con su gélida mirada, diciéndome:
Sí. Estoy muerta. Soy un fantasma. Pero, ¿qué importa? Ven conmigo al mundo de los muertos. Donde todo es eterno.

Es aciago el mundo sin amor. Es locura y desenfreno, de lo que se alimentan los sentimientos. Es descaro e insania. Solo por los amantes, justificada y aprobada.
Es un momento y ya está. Un momento, que provoca eternidad. Un momento, donde nada importa... Ni siquiera una daga...
Nada excepto... el corazón...
Aunque... esté helado...

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