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Cual un incesante goteo de lágrimas
los recuerdos de la Ishimura
martillean en mi memoria con la crueldad
de una oscura sinfonía;

¡Oh los días coronados de angustia
que aún mis sueños devoran!
Y la sangre, la sangre de mi amada Nicolle
suicidándose una y otra vez dentro de mí;
su sangre, su sangre convertida en un montón
de escarcha, en un remolino de frío
que solloza en mi interior con el infausto
y fosco tono de lo que es irremediable.

Luciérnagas, miles de luciérnagas muertas
arden en el abismo de mis ojos destruidos
donde el amor no es más que el rostro
de una mujer que solloza en la penumbra
de una nave, que dice "I always love you"
mientras cae, lentamente cual piedra
hundiéndose en el mar,
allí en ese espacio informe y desconocido
donde los susurros se pierden
en un laberinto de ecos,
allí en esos brazos sin piel de los que nadie
nunca ha vuelto...

Mas, ¿Qué quedó? ¿Qué pudo
haber sobrevivido de ella en el necromorfo
que intentó arrebatarme la vida
luego de que, bajo un cielo nublado,
cegara de una vez y para siempre
a aquella aberración conocida
como Gnosis Colectiva?:

Nada, nada sino
el triunfante gusano de una vida
programada por los diabólicos
bio-algoritmos de la Efigie:
no otra cosa que un grotesco
cascarón ya vacío
de su presencia...

Pero los cuerpos, ¡ay, los cuerpos mutilados!

Brazos, troncos, piernas, manos:
atroces escenas brillando
como cifras de sangre en la necrófila ecuación
del exterminio.

La estrella, el astro del desastre
fulgía y se reflejaba con
siniestro arte en cada una de esas extremidades
dispersas y regadas por el suelo;
en cada uno de esos pequeños riachuelos
de sangre silente cual manojo
de ángeles muertos cayendo
sin fin por una cascada oscura e infinita
como el absurdo de la vida.

Mas...¿Fueron hombres los que cercené?

...Oscuridad.
Solo negrura recuerdo en esos ojos brutales,
en esas esferas apagadas
donde ya hace mucho
que las almas partieron, donde ya el hombre
había desaparecido y todo cuanto quedaba
era una bestia, un engendro
hijo de los infestadores o del trastornado
Challus Mercer.

¿Inmortalidad?...

Jamás, nunca vislumbré
una chispa de vida humana en aquellos
monstruosos frutos de La Efigie:
solo la viscosa luz de Lucifer
era cuanto fluía por donde pasaban
los vástagos de ese maldito monolito
que los unitologistas veneraron.

Y me pregunto,
aún me pregunto qué clase de vida
era la que aquellos demonios alados
inyectaban en los cuerpos
inanimados que luego,
cual sombras
pintadas por la mano de El Caído,
en humo de pesadillas

los pasillos envolvían...

Mas estuve allí,
estuve y todavía estoy allí
cada vez que
mis parpados se cierran
y los cuadros del terror desfilan
cual esqueléticos soldados
bajo una noche
sin luna ni estrellas;
donde ni está Dios ni estoy yo,
donde solo está mi cráneo
asediado por moscas
que zumban y zumban en torno
al hombre que alguna vez fui
y que dejé allá en la Ishimura;
en los metálicos corredores
donde los necromorfos me mostraron
que quizá para el Cosmos la vida
de un hombre no significa nada y el alma,
¡oh, el alma!, es quizás solo un trágico
y sublime incidente de la biología...

NOTA: Lo que vieron es un poema-tributo a Dead Space

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