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Noche de luna clara. Manto pesado de muerte lenta.
Los portones, ya débiles, corroídos y oxidados aguardan el tacto de algún viajero
desprevenido. Alertas, inmóviles y silenciosos se dejan entreabiertos, cual entrada
abandonada al descuido.

La luz desenfocada de un faro gira de a ratos e ilumina las lápidas del cementerio.
Construcciones arquitectónicas exquisitamente dispuestas en hileras entrecruzadas.

Un ave sin nombre, negro, apoya las garras en la cabeza de un niño ángel.
La tierra está húmeda, - no sé si por el rocío de la madrugada o por qué-.
Camino entre las tumbas sin mirar hacia atrás, la luz lejana de aquel faro es mi
guía. Me conduce llevándome de la mano.
Camino lento, pesado, pero sin dejar rastro. Siento cargar las ropas sobre la piel.
No sé si estoy débil o cansado. No sé hacia dónde me dirijo, sólo sé que tengo que
seguir la luz.
El pájaro me sigue con los ojos entreabiertos, expectante a que no vuelva sobre él.
Una bruma comenzó a levantarse lentamente, hace círculos definidos en el centro y
dispersos a los lados. Giran lento, en espiral pero no avanzan más que a la altura
de las cruces más altas.
Todavía conservo el anillo. Me alivia tenerlo puesto.
Entonces no me desintegré. Estoy a tiempo de recuperar mi vida.
Escucho ruidos extraños alrededor. Quejidos. Lamentos. Llantos nauseabundos. Dolor
hecho costra.
Se me cayó la camisa que llevaba puesta, pero sigo caminando. Cada vez con mayor
dificultad.
Los zapatos me pesan toneladas, pero por fortuna- o no-, todavía los llevo puestos.
La tierra se me hace blanda en cada tramo. La humedad está inundando el cementerio.
El barro se me cuela por las costuras del zapato.
La niebla se hizo más espesa. No puedo ver ya mi querida luz.
Giro como puedo para ver al ave negra. Sigue clavándome la mirada en la sien.
¿No pude avanzar mucho más o acaso intenta engañarme manteniéndose tan cerca de mí?
Me confunde.
El vapor se enmaraña entre las penas de las almas perdidas.
El anillo comenzó a aflojárseme del dedo. Con esfuerzo logro cerrar a medias los
nudillos para trabarlo allí.
Un líquido tibio y espeso comenzó a caerme de la nariz. Me llega a la comisura de la
boca. Lo pruebo con asco. Dulce y metálico.
En un paso, perdí el otro zapato. No me veo los pies. Creo estar hundiéndome.
Se me termina el tiempo. Ya no veo la luz del faro.
La bruma es tan espesa que no me deja ver nada más que un par de huecos profundos,
dibujados en la cara del pájaro.
Lo tengo frente a mí. No vuela.
Quieto, frente mío.
Me acerca el pico puntiagudo.
El anillo se me resbaló hasta la yema del dedo.
No puedo detener su caída.
Es inevitable.
Caigo a la tierra.
Me siento tragado.
El anillo retumba en mi cabeza mientras golpea contra mi lápida.
El líquido que me sale me cubrió por completo.
No siento nada.
Sin nada en mí.
Como la muerte.

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