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Cristina Argibay Oujo nos envía este primer capítulo de su novela con formato blog titulada "Los ojos de la muerte". Cada sábado publica un nuevo capítulo así que si os gusta no dudéis en visitar su blog.

 


I

 

Pasé por delante de una tienda de cuadros de pintura y apreté los ojos, empuñé las manos y anduve a ciegas con un temor irracional a mirarlas.

 

La primera vez que vi una pintura fue de un hombre que se hacía llamar Chronos, la cual me pareció levemente espeluznante, rodeando el surrealismo con expresiones sacadas de las más terroríficas pesadillas y ocultando el rostro de forma tanto natural como hermosa. Era la pintura de aquel niño sin brazos, pero que una mano salía desde su único ojo izquierdo cubriéndole parte de la cara, como si tuviera vergüenza o como si el mirar también fuera tocar. Su otro ojo parecía un agujero negro sin final que parecía gritar mi nombre buscando ayuda. El resto del cuerpo del niño era más irreal que su rostro; estaba sentado con las piernas hacia atrás, obviamente dislocadas de su sitio y cada vez que me sentaba y lo analizaba recorría en mi cuerpo una sensación nueva y casi adictiva.

 

Sólo tenía nueve años cuando la descubrí y mi padre me pidió que por favor dejara de mirar la dicha pintura, al no escucharlo, una noche la sacó y no la volví a ver. Me prohibió terminantemente leer, estudiar o mirar cualquier cosa que guardara aunque sea una mínima relación con el arte. Me llevó a psicólogos durante varios años en que mi mente parecía inyectada con un virus mortal que me obligaba a representar aquella pintura en dibujos. A los quince años logré la perfección en la pared de mi habitación y el ojo real del niño me observaba profundamente mientras dormía. Mi padre descubrió el dibujo y, aterrado con lo que sus ojos veían, tuvo un ataque al corazón que casi le cuesta la vida. Aquello podría resumir el miedo tonto que me era complicado de explicar a mis amigos, pero que sabían que existía y se burlaban creando hipótesis para ello.

 

No veía desde hacía diez años a papá y pedaleaba en mi bicicleta exactamente en dirección a su casa. Me bajé del autobús y pensé en alquilar un coche, pero deseaba meditar y las bicicletas siempre me regalaron aquella sensación de humanidad en la que el viento chocando con tu cara y los pies trabajando afanosamente por llevar tu cuerpo hacia algún lado me hacían sentir una sensación positiva y me sumergían en buenas sensaciones.

 

Mi excusa para golpear la puerta de papá después de que me abandonara con mamá a mis recién cumplidos quince años y me prohibiera cualquier comunicación, era precisa, decente y totalmente verdadera. Me repetía aquello en voz alta, mientras pedaleaba mecánicamente hacia la plaza donde jugaba cuando era un niño. Amarré la bicicleta a un árbol y empecé a caminar, el viaje en dos ruedas no me bastaba, ahora sí estaba usando los pies y podía tener un contacto con el real pavimento, sentir el viento correr entre mis dedos y también la lentitud natural humana. El señor del quiosco era el mismo desde que tenía doce años y me miró sin reconocerme por un par de minutos, en que caminé rápido y asustado, por sus cejas negras y sus ojos escondidos entre arrugas.

 

La casa se veía extraña, era una especie de clínica particular veterinaria y tenía dos pisos más montados, se había comprado el terreno del vecino y la reja estaba protegida con electricidad. El barrio se había vuelto peligroso y mi padre rico. Llamé dos o tres veces al timbre y una niña de siete años me sonrió desde la ventana para después esconderse avergonzada cuando le respondí el saludo. Una mujer de cabellos teñidos de intenso color rojo y de pelo corto salió desde la casa y me observó con cierto toque de desprecio que no podía ocultar.

 

— No atendemos después de las seis —su voz era algo gangosa o resfriada—. Ven mañana.

 

— No traigo animales —sonreí y ella me examinó para saber si estaba diciendo la verdad—. En realidad vengo a hablar con el doctor Teovaldo Mora… un asunto personal.

 

— ¿Cuál es tu nombre? — Edgar… Edgar Mora.

 

―Los ojos de ella casi salieron de sus cuencas. Me abrió la reja, me dio un frío saludo y me llevó hacia la oficina de mi padre al interior de la clínica. La puerta estaba cerrada y ella nerviosa.

 

— No se preocupe, yo me encargo desde aquí —le dije con amabilidad y ella más tranquila logró sentir cierta simpatía por mí.

 

Toqué la puerta de la oficina y nadie respondió. Abrí la puerta y lo primero en encontrarme fue una especie de antepasado de papá, de cabello completamente blanco, arrugas y unas gafas redondas con pasta de metal de un color grisáceo o gastado. Él también se sorprendió y nos quedamos así, reconociéndonos como dos viejos amigos de brisca. Al final volvió sus ojos a los documentos.

 

— Entra y cierra la puerta. Siéntate. ―Obedecí cada instrucción y una vez sentado mis manos empezaron a sudar mientras repetía cada idea en mi cabeza pensándola una y otra vez. Tenía un temor irracional a hablarle de cualquier tema que trajera otros temas del pasado. Temía del pasado y de la culpabilidad que me consumió después de su infarto.

 

— Bonito lugar —comenté con trivialidad. ―Mi padre dejó el lápiz a un lado, se sacó las gafas y se refregó sus cansados ojos verdes varios segundos.

 

— Ve al grano Edgar.

 

— Mamá murió —solté seco y sin rodeos. El refriego de sus ojos se estancó y no podía reconocer su reacción—. Fue hace tres días.

 

— ¿Por qué?

 

— Tenía un millón de enfermedades papá.

 

— Era hipocondríaca.

 

— Pero tenía diabetes y eso era real. —Me miró sin pestañear y cuando la incomodidad me hizo carraspear, se levantó de la silla y mecánicamente fue a darme un abrazo más frío que el de la mujer en la entrada.

 

— Estoy bien —logré apartarlo como muestra de fortaleza—. Intenté avisarte, pero ya no tienes el mismo número de teléfono.

 

— No. Lo siento —se quedó pegado en el suelo y luego me miró directamente—. Casi no te reconocí, estás muy delgado y bastante pálido.

 

— Sí, ese es el otro motivo de—mis manos sudaban frío y las sequé en el pantalón. Desconocía a este nuevo padre y temía de sus reacciones robóticas. Tragué saliva dejando a medias mi frase anterior. —. Tengo diabetes tipo 1 y necesito a alguien que sepa colocar inyecciones y me controle la insulina — hablé tan rápido y tan nervioso que no me extrañaría si se perdió en alguna de las palabras.

 

— ¡Oh Edgar…! —exclamó.

 

— No voy a molestar. Lo juro. Hice el traslado en la universidad y tengo beca completa. Heredé algún dinero de mamá y tengo ahorros en el banco para costearme el tratamiento el resto del año. Soy un buen alumno de médico y constantemente me están ofreciendo trabajos pagados como ayudante de cirujano entre otras cosas. Puedo hacerlo, solo te pido un mes aquí hasta estabilizarme. —Colocó una mano en mi hombro. — Edgar, el tiempo que sea necesario, esta casa es tuya. Te presentaré a la familia.

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