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El agua cae dejando un rastro de vapor caliente en las baldosas de la ducha. Resbala sobre el cuerpo de Roberto, quien toma su baño diario con cierta apatía causada por el tedio de la rutina; está agotado debido a la furia y la frustración que tiene acumulada en su atlético cuerpo.

Sandra, su novia, aún dormita en la cama de dos plazas que satura la alcoba con espacio innecesario.

Él no puede creer lo que la noche anterior se mencionó en un programa televisivo de alta audiencia: "El hipnotismo es una farsa; quienes aseguren poder hipnotizar a alguien, serán recompensados en efectivo". En esos momentos había deseado romper la televisión pero un rayo de lucidez le dijo que evite entrar en más gastos de los que ya tenía.
La mueca sardónica de los presentadores del programa era lo que le irritaba más, incluso más que los comentarios hirientes a su profesión de hipnotizador.
Pero muy en el fondo, él les dio la razón.

El hipnotismo ya no es lo que era en tiempos de su padre, gran psíquico, ahora todo el mundo desconfiaba del arte negro, ya sea por incredulidad o por auténtico temor impuesto por la opresión religiosa de nuestra era. Le resultaba imposible conseguir un trabajo decente en el medio social donde se desenvolvía, por lo que tuvo que decirle que sí a un imbécil que confundió el término psíquico con el de mago para fiestas.

Ahora sus presentaciones se reducían a insulsos numerillos en cumpleaños de niños ridículos que se burlaban de su traje y trucos sencillos. Cuánto hubiese dado por demostrar el verdadero y deslumbrante poderío del oscuro arte ante los ojos de esos mocosos malcriados, hubiese podido dominar sus mentes hasta el extremo de que se vuelvan contra sus tacaños padres y los golpeen con sus pequeñas sillas de madera, o podía haber hecho que se ahoguen en gaseosa... en fin, tantas dulces posibilidades de conseguir la gloria. Pero su maldito sentido común siempre se lo impedía y le obligaba a terminar el acto para luego recibir un mísero salario acompañado de duras críticas de familiares y amigos metiches de los padres del homenajeado.

Sandra también le reclamaba ya desde un buen tiempo la falta de ingresos por su trabajo, pues los pequeños lujos que se permitían ambos, generalmente estaban costeados en su totalidad por ella, quien siendo ingeniera en sistemas o algo así, podía pagar un buen departamento, la comida, los servicios básicos y a veces, cuando le iba desastrosamente mal a Roberto, los materiales y la ropa para sus escasas presentaciones.
Talvez ya se acabó el efecto de su efectivo encantamiento de seducción que usó cuando la vio por tercera vez.

Hace ya más de cinco años, una de sus amigas le presentó a Sandra en un bar, era la mujer más hermosa que había visto en esa semana. Y decidido quiso conquistarla. Al comienzo ella se negó y lo rechazó de una forma absolutamente grosera, Roberto no insistió más y decidió olvidarla. Luego de una semana la amiga de Roberto lo invitó a un desayuno de negocios pero la sorpresa de Roberto fue grande al ver a Sandra en la mesa. Y fue mucho más grande su asombro al ver la insinuante actitud de ella al mirarlo y coquetearle, tiempo después Roberto supo que su idiota amiga había apostado con Sandra para que enamore a Roberto. Todo gracias a la psicolectura que aprendió con su padre. Entonces tuvo que desquitarse de ambas usando un grandioso poder cautivador que desarrolló en su adolescencia, y así la ingenua Sandra perdió toda su autonomía en la tercera cita arreglada por la amiga de Roberto, literalmente cayó a los pies de él quien complacido aceptó ser su novio si ella mantenía sus gastos primordiales.
La amiga de Roberto tuvo que pagarle a Sandra una cantidad considerablemente grande, lo suficiente como para que ella le compre a Roberto una renovación total de vestuario y los primeros siete meses de alquiler en el departamento donde actualmente residían.

Lo malo es que el hipnotismo y el control mental en general, pierden potencia si no se los practican con frecuencia, y en estos momentos, Roberto está arrepentido del juramento que le hizo a su padre antes de morir, él le había dicho que jamás vuelva a usar la manipulación mental ante ningún ser humano corriente, pues había visto a Sandra bajo el influjo cautivador de Roberto y enseguida lo había expulsado del hogar.

Ahora mientras lo piensa, cree que tiene que volver a usar su don hereditario, al fin y al cabo fue su propio padre quien le echó de la casa dejándolo en la calle por hacer lo que él tantas veces había hecho, le parece injusto cómo resultaron las cosas y decide terminantemente volver a ejercer su poder ante la humanidad que tanto lo ha ofendido.
Pero una vez más su fastidioso sentido común irrumpe sus pensamientos y le hacen dar una última oportunidad al mundo en general.

Suena el teléfono, cosa poco frecuente en ese departamento, sale desnudo a contestar y del otro lado del auricular se oye una voz chillona que le propone, sin siquiera saludar, una entrevista en reacción al programa transmitido anteriormente por la popular cadena televisiva. Roberto opta por insultar la prepotencia de la señora con voz chillona que no tiene el menor dejo de urbanidad pero su pensamiento vuela y analiza la posibilidad de conseguir decentemente el respeto del público que lo vea, la televisión capta millones. En especial si es un canal de consumo rápido como el que dijo ser representante la mujer de la ruidosa voz.
Acepta, cuadra horarios y deciden verse esa misma noche a las siete en los estudios del canal.
Él se viste sin poner mucha atención y luego despierta a Sandra, quien molesta y adormecida aún le propina un golpe en la espalda que le hacen desear estrangularla ahí mismo, pero se domina una vez más.

Las horas transcurren a gotas mientras él, impaciente, cuenta los pasos del segundero en la esfera del tiempo. Al fin decide la hora esperada llegar y da un ligero repaso de lo que va a decir en vivo para callar de una buena vez a los medios dañinos.
Sale del edificio y toma inmediatamente un taxi, cosa rara en esa parte de la ciudad, este augurio le vaticina una noche productiva, y con buena predisposición de dirige a los suntuosos estudios del canal.

Roberto maldice al mundo completo. A esa hora los automóviles en la ciudad son esculturas metálicas que no mueven un ápice de su carrocería, ni siquiera por el estridente ruido de los millares de pitos que contaminan la lluviosa y fría noche.
Tuvo que salir más temprano, pero estaba tan obnubilado en sus pensamientos que no calculó el tiempo y el riesgo de llegada. Una hora más tarde y el taxi ha recorrido una cuadra. Tardíamente se da cuenta de la estupidez que está cometiendo al quedarse sentado viendo las gotas de lluvia resbalar por la ventana, si pudo adelantar gran parte del trayecto a pie y decide salir. El taxista lo ve con cara de pocos amigos y le exige el pago de sus servicios. Roberto casi lo golpea, pero el taxista adivina sus intenciones y sonriente señala el exorbitante número de su taxímetro y con sus ojos, mira a su vez a un policía que pierde el tiempo en la esquina.

Roberto se resigna y vacía su billetera. Le grita un insulto al taxista y empieza a correr entre la lluvia que es cada vez más fuerte y le golpea el rostro, le despeina y mancha su inmaculado traje marrón claro con el que iba dispuesto a demoler al programita sabatino.
Luego de otros treinta minutos llega exhausto ante las puertas del canal, donde un guardia obeso lo recibe con obvia repulsión ante su desaliñado aspecto y lo peor, le inquiere sobre su falta de mesura al no tomar un taxi para llegar a tiempo. Roberto traga su amarga bilis e ignora al imbécil del guardia. Lo que le importa ahora es llegar lo más pronto posible al estudio, disculparse y empezar a defender su honor ultrajado.

Tiene que subir seis pisos por las escaleras pues el ascensor está en reparación, insulta a la incompetente recepcionista que le avisa esto luego de estar diez minutos ante la puerta del inservible elevador.

Al fin llega y es recibido por una serie de reclamos airados por parte de los productores del canal que entre otras cosas, mencionan la cantidad que le debe al canal por el tiempo perdido y ocupado en transmitir anunciantes. De nada sirven las disculpas. Y para colmo la mediocre asistente de maquillaje se pasa otros minutos más criticando su desastroso aspecto y quejándose de que no podrá hacer nada por él. El director decide que pase como esté pues en tres segundos estaban al aire. Lo empujan hacia el incómodo sillón de plástico que "armoniza" con el "sobrio" decorado del set y los presentadores lo acribillan con preguntas, críticas a su aspecto y sarcasmos poco simulados sobre las respuestas poco coherentes que él emite, en toda esa confusión, Roberto ha olvidado todo lo que pensó decir y tartamudea ante las cámaras.

La tortura se hace interminable. Él ya no soporta la humillación a la que los presentadores le someten y tampoco soporta las ofensivas llamadas del público ignorante y cruel que a cada momento timbra y es contestado por los sonrientes presentadores quienes lejos de censurar las groserías que se gritan desde la línea, las aplauden divertidos. Pero todo llega a su punto más álgido cuando una señorita llama, su voz es dolorosamente familiar ante los oídos de Roberto. Es Sandra. Pide hablar directamente con él, los presentadores la complacen, y ella ni corta ni perezosa revela su identidad a la audiencia y en vivo le reclama a Roberto sobre el ridículo que está haciendo ante cámaras y le exige que inmediatamente vaya a la casa. Los presentadores se desternillan de la risa y luego de ésta fatal llamada sólo llegan unas tres más que cuestionan la sexualidad de Roberto y sugieren su condición de mantenido y parásito social.

Roberto ya no oye absolutamente nada, la llamada de Sandra terminó por derrumbar los últimos cimientos de su dignidad, entonces el sentido común de Roberto es apuñalado por la sed de venganza que despierta furiosa y reclama dominio en su mente. Su expresión se torna sonriente.
Los presentadores luego de haberse reído, se dan cuenta de la insólita sonrisa de su víctima y le preguntan irónicamente el motivo de su buen humor. Él tiene la mirada en el vacío absoluto y simplemente se limita a invitar cordialmente al público televidente, y al público en general, a una demostración de hipnotismo al aire libre y de convocatoria masiva, sin costo, programada para el día siguiente en el parque más amplio de la ciudad.

No hay donde poner un pie, la gente está abarrotada en todos los rincones posibles del amplio parque, hombres y mujeres de todas las edades, niños y niñas, jóvenes de todo tipo. Todos están en ese espacio que ahora resulta corto para tan grande espectáculo. Los niveles de rating del día anterior batieron récords. El pobre hombrecillo humillado por su novia ante cámaras es un espectáculo mucho mejor que el deporte televisado y ahora en busca de redención, el insignificante hipnotizador intentará montar un espectáculo para salvar algo de dignidad. La multitud es despiadada y tiene enormes carteles con crueles frases y salvajes insultos al hombre.

Hay de todo, incluso caricaturas a color y en tamaño gigante para que él las vea desde la tarima con parlantes que el canal ha costeado sólo para esta presentación. Previo el espectáculo del hipnotizador, se han presentado varios artistas del gusto popular y en todo el parque hay lugares de expendio de comidas ligeras y de souvenirs con caricaturas insultantes del hipnotizador. También hay un lugar donde venden la grabación completa del bochornoso programa de ayer, es el lugar más concurrido.
Al fin llega la hora tan esperada, la multitud está delirante y ansiosa. Reina el silencio cuando pasa una lujosa limosina entre los concurrentes. Ahí llega sin duda el hombrecillo que hipnotiza.

Roberto sale del auto que le fue a retirar de su casa en la mañana, no puso objeción, es la primera vez que viaja en limosina. Adentro de la misma estaban los productores y el director del programa de ayer donde su vida cambió y lo recibieron afectuosamente, le entregaron un maletín repleto de dinero, es su comisión por hacer millonario al canal en una noche, le explicaron. Él no había oído, solo tomó el dinero y ahora lo aferra a sus amplios pectorales. Antes de que lleguen al parque, ellos le habían dado un traje de mago para que lo use en su demostración, él se lo puso como un autómata. Es un traje de lentejuelas azules sumamente llamativo, y además tiene un sombrero y un conejo de peluche que asoma su carita por la copa. A él no le importa.

Se sube parsimoniosamente a la tarima donde es recibido por los aplausos y chiflidos de los artistas que se habían presentado previamente y de la enorme masa humana que puebla el gran parque.
Él toma su posición ante el público que lo aclama y lo insulta, levanta los brazos, la multitud hace un silencio burlón y estalla en risas al ver por las pantallas gigantes colocadas a los lados de los parlantes, que Roberto cierra los ojos adquiriendo una expresión de total concentración. Los presentadores del programa de ayer, que ahora son animadores del espectáculo, le hacen preguntas estúpidas y le entregan dramáticamente un reloj de cadena, para que pueda "llegar a las mentes de todos".

Roberto abre los ojos, súbitamente la multitud calla, no es un silencio burlón ni respetuoso, es un silencio sepulcral. Ni siquiera un pájaro se escucha en esa vastedad.
Roberto ha saboteado la mente de todos y cada uno de los concurrentes, ellos pierden el brillo de sus pupilas y adquieren un rictus de absoluta perplejidad. Roberto les habla en su pensamiento, en la primera fila está Sandra, con una expresión de idiota como los demás, cómo ahora él disfruta de ese glorioso momento. Les habla despacio, da órdenes precisas y concretas a cada cerebro presente. Ellos se empiezan a mover a la vez, pausada y ordenadamente, desalojando el parque segundo tras segundo. Y dejando tras si la huella de basura propia de la "civilización".
La masa humana se dirige por la avenida más grande en perfecta alineación hacia un destino por ahora incierto, son las once de la mañana.

Las pocas personas de la ciudad que no asistieron a la masiva convocatoria ignoran lo que pasa en las calles, pues están todas coincidencialmente dormidas en sus hogares. Muchas de ellas están dormidas mientras el gas fluye por una llave abierta.
Mientras tanto, la enorme masa sigue y sigue infatigable su camino por horas hasta salir de la cuidad hacia las montañas circundantes. La fila se alarga más debido a la estrechez de la calle que surca la montaña.
Han llegado hasta el puente que une ambos extremos del gran precipicio limitante entre dos regiones fronterizas.

Encabezada por Roberto, la multitud sin voluntad empieza a cruzar el largo puente. Roberto llega al otro extremo y se da la vuelta, la fila se detiene, él los mira con satisfacción y odio y, los que están por el momento en el puente, se arrojan de lado hacia las afiladas piedras de la sima, donde el ojo no alcanza a ver el fondo. Y así lentamente avanza la multitud que espera del otro extremo del puente hacia su muerte inconciente en las piedras donde nadie los buscará.
Ya cae la noche cuando los últimos se arrojan al vacío.

Pero al otro extremo está una persona solamente. Sandra, quien con expresión ausente solo espera la siguiente orden de Roberto. Él se ha reservado este placer para el final. Cruza el puente hacia donde está ella. Pero el desgastado puente, luego de recibir los millones de pasos durante todo el día, no soporta un peso más y se desploma llevándose consigo el grito furibundo del hipnotizador al fondo del abismo mientras los billetes caen como opacas mariposas hacia indistintos lugares transitados por el viento de las montañas.

Sandra se queda en trance, días y días, su piel se agrieta y sus ojos se secan debido a la falta del esencial parpadeo. Su cuerpo apenas se mueve por los embates del céfiro y de las tormentas, pero mantiene la última posición en la que le dejó Roberto al caer.

Ahora solo es un vulgar alimento para los escuálidos buitres que la visitan.

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