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A pesar de su temprana edad, había llegado a la conclusión de que no merecía la pena seguir viviendo. Se había llegado a convencer plenamente, de que sólo poniendo fin a su existencia, sería capaz de conseguir su felicidad eterna.

 

Desde lo más profundo de su interior, cayendo en la tentación del desahogo y envuelto por el silencio de la noche, sentía la necesidad de reflejar sus palabras en una carta. Palabras con las que intentaba transmitir sus sentimientos más profundos. Sentimientos incapaces de manifestar a sus seres más queridos y capaces de expresar en la soledad más infinita.

Había llegado a convencerse que no resultaba fácil enfrentarse a los numerosos obstáculos que se interponen en la vida. Obstáculos que frenaban sus alegrías, sus ilusiones, sus aspiraciones, en definitiva; "SU FELICIDAD". Momentos de tristezas inexplicables, a los que se iba aferrando lentamente sin encontrar una salida y que lo sumergían en la soledad más absoluta.

En sus profundos pensamientos, recordó la dulce niñez por la que atravesó junto a sus padres. Esa niñez, donde su única obligación era intentar divertirse e ir a la escuela. Fue la etapa más feliz de su vida.

Pero ahora la vida parecía haberle dado la espalda. Se sentía desgraciado. Hacía apenas una semana que María había decidido poner fin a la relación, y le habían dado la desagradable noticia de que en dos días iban a prescindir de sus servicios laborales.

Y además, la grave enfermedad de su padre, el cual inconsciente y como un vegetal, estaba condenado a pasar los últimos días de su vida tendido en la cama de un hospital. Echaba de menos aquellas largas conversaciones de padre e hijo de las que siempre sacaba un buen consejo, pero lamentablemente, su cerebro había dejado de funcionar desde hacía tiempo.

A esas horas de la noche ya debería estar celebrándolo, pero estaba totalmente decidido. Hoy no sería ese día tan especial en el que apagaría sus velas.

Estuvo unos minutos meditando cuál de ellas le harían mayor efecto, pero la indecisión que le producían los nervios, le hizo ingerir las primeras que estuvieron al alcance de sus manos.

No esperaba nada de la otra vida. Sabía que una vez dormido ya no volvería a despertar jamás, pero de alguna manera, él ya se sentía muerto en vida.

Cumplido su objetivo, sus ojos se fueron cerrando lentamente, llegando a verse envuelto en la oscuridad más absoluta.

No fue consciente en ningún momento de su largo viaje, hasta que comenzó a sentirse atraído por una luminosidad que le transmitía una dulzura desmedida, y lo transportaba a un hermoso lugar lleno de paz y tranquilidad. Un lugar capaz de hacerle olvidar sus angustias, sus preocupaciones, sus temores y esa desilusión por la que en ocasiones se sentía invadido.

Conmovido por esa dulzura infinita, se sentía rodeado por unos brazos que le transmitían calidez, amor, ternura, seguridad. Unos brazos que un día dejaron de abrazarle para siempre y que tanto añoraba.

Sobrecogido por aquella fuerza sobrenatural que lo envolvía, fue testigo en pocos segundos del transcurso de su vida, de la inmensa felicidad que había recibido de sus seres queridos y a los que iba a dejar un gran vacío del que solo él sería el culpable. No sería justo.

Era completamente consciente del lugar donde se encontraba, pero a pesar de ello, parecía no sentir miedo. Se sentía protegido por ese ser que le acompañaba en todo momento, y que le transmitía paz y seguridad, mostrando ante sus ojos el verdadero significado de la vida.

Sintió la gran necesidad de volver. Comprendió con aquella dulce experiencia que a pesar de las adversidades, la vida ofrece momentos hermosos, momentos inolvidables por los que debía luchar y a los que no debía dar la espalda.

Cegado por la luminosidad que le provocaban los focos de aquel quirófano, abrió sus ojos lentamente y sorprendido del lugar donde se encontraba, fue consciente del error que había cometido con aquella decisión. Su momento aún no había llegado.

Habiendo transcurrido varios días y después de varias horas meditando y reflexionando sobre aquello que le había hecho cambiar de opinión, se arrodilló al borde de la cama, junto su padre.

Entre sollozos, entendió que aquel ser luminoso le había dado la respuesta. Le había demostrado que debía creer. Creer en sí mismo. Aquel ser, lo había devuelto a la vida.

Y tras darle un dulce beso en la mejilla, le susurró al oído:

"Gracias papá, por volver a darme la vida, con otra oportunidad".

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