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Una noche oscura y fría. Una joven apresura el paso hacia su casa. Es una chica alta, rubia, muy guapa. Lleva un portalienzos con pinturas hechas por ella misma. Su pasión siempre fue la pintura, aunque se dedicó a otra cosa por diversas circunstancias de la vida y ahora ha vuelto a coger los pinceles.

Viene de una galería de arte, les ha gustado su trabajo, lo expondrán próximamente, pero ha estado allí más tiempo del que esperaba y se ha hecho tarde, ha anochecido. Corren rumores de muchas chicas muertas, corren rumores de monstruos en la noche, corren rumores...

Oye un bramido, algo gutural. Su corazón empieza a latir fuertemente. Ve moverse una sombra en la oscuridad. Gime asustada. Su respiración se vuelve más rápida. Sus ojos le escuecen, se han llenado de sangre inyectada por su miedo.

Entonces ve unos puntos rojos frente a ella. Una nube se desplaza dejando que los rayos de sol que rebotan en la luna iluminen la calle. Entonces lo ve, los puntos rojos son las pupilas de un hombre alto. Sonríe sádicamente dejando entrever unos afilados colmillos. La joven chilla aterrada presa del pánico. El monstruo se divierte con el terror de la chica. El Señor de la noche conoce bien su poder, infundir terror a sus víctimas paralizándolas. Su propio miedo las deja como estatuas incapaces de escapar ni oponer resistencia. El Vampiro abre su boca y se dispone a morder a la joven cómodamente.
Pero ésta reacciona y golpea al monstruo en la cara con su portalienzos. No le ha producido dolor físico, pero el Vampiro no puede ocultar una cara que refleja una mezcla de sorpresa y frustración. En toda su existencia a lo largo de los siglos, jamás una víctima ha conseguido moverse en su presencia, mucho menos revelarse contra él. La chica con su corazón a punto de estallar, chilla de rabia. El terror la atenaza, es cierto, pero nunca se ha rendido ante ninguna dificultad en toda su corta vida. El terror se ha convertido en furia y ahora la desata.

El Señor de la noche chilla enloquecido, la frustración ha golpeado su orgullo, su seguridad en si mismo desaparece. Su mente se nubla, ataca iracundo como el animal que es. Ni siquiera mira a su víctima, solo embiste. De repente un dolor en su pecho, baja la cabeza y entonces lo ve. Un pequeño pincel promocional de madera clavado en su corazón. Levanta la cabeza, mira a su asesina, la presa se convirtió en depredador. La cara del Vampiro refleja el más profundo terror. Solo conocía una cara de este, el que infundía en sus víctimas. Pero ahora conoce la otra cara, sufre el terror, lo vive, es lo último que vive antes de morir envuelto en llamas.

La chica recoge su portalienzos aún asustada y se marcha corriendo del lugar. El Señor de la noche murió aterrorizado. Él fue su arma contra si mismo, infundió el terror en su víctima que desató la furia que lo mató. Y antes de morir conoció... el terror.

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