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Desperté aquella vez dentro de un cajón; en un bello ataúd de un hermoso y perfecto material. Me sentía raro y noté que no me había sorprendido ni asustado el hecho de haberme encontrado en el interior mismo de un féretro.

Me levanté sin entender absolutamente nada y me salí de aquel cubículo siniestro sin sentir emoción alguna.
Observé detalladamente el lugar en donde estaba, una habitación espaciosa y oscura, plagada de objetos y decorados antiguos. Un lugar que no tenía ninguna sola ventana que pudiera dar hacia la calle, o por lo menos a algún patio o jardín; nada.
Noté que mis manos estaban extremadamente pálidas y sin poder sentir la emoción del asombro, jamás había visto tamaña blancura en la piel de alguien.
Al palpar una mano con la otra, noté una rareza indescriptible que jamás lo había sentido antes. Se trataba de una frialdad que mi cuerpo entero poseía, y aunque no la podía sentir, lo sabía; y fue en ese momento cuando comencé a sospechar. Me acerqué al enorme espejo que colgaba en la pared, y no vi absolutamente nada. Fue como si yo no estuviera allí. Mi figura no tenía existencia alguna para el cristal.
Pasé mis manos a un centímetro del vidrio y hasta lo llegué a palpar, pero no había caso; no se me aparecía ni la sombra misma. Y justamente al pensar en ella, me dirigí hacia una mesa, me subí, y noté que tampoco se reflejaba a pesar de mi cercanía hacia las luces.
La deducción y teoría de lo que era, se había confirmado por completo.
Al bajar de la mesa lo recordé. Me acordé de la hermosa mujer de la pálida piel y ropa elegante. Del encanto en su manera de hablar, de la dulce y deleitable caricia que le había hecho a mi rostro y de cómo me iba seduciendo poco a poco hasta derrumbar en sus garras.
Recordé sus apacibles palabras y de la fascinación que su voz me provocaba. Recuerdo cómo vi reflejados mis ojos en sus ojos, y de cómo los míos brillaron al oír la oferta de la eterna juventud que la dama me estaba ofreciendo, y no sé cómo y porqué le había creído. Pero el haberme dado cuenta de que se trataba de una mujer vampiro, recuerdo que en ese entonces me había asustado en sobremanera, especialmente cuando mis ojos contemplaron sus afilados colmillos, y más todavía cuando estos terminaron incrustándose en mi cuello. Pero la promesa de la eterna juventud y de tener siempre la misma apariencia, era mucho más fuerte que cualquier miedo y temor, y me dejé llevar cuando todo lo consumó con la absorción de mi sangre desde mi cuello izquierdo. Y aquí estoy escribiendo esta historia, la historia de cómo llegué a ser aquello a lo que todo ser humano teme, pero muy en el fondo desea ser.
Yo tampoco deseaba serlo, pero me siento, si es que puedo proferir esa palabra, agradable. Hoy, y después de casi 200 años de existencia, tengo la misma apariencia que en aquel entonces, cuando todavía conservaba mi alma. Tengo esa misma juventud, más allá de mis años colmados.
Pero sí hay algo de lo cual puedo llegar a decir que me arrepiento, aunque no sienta exactamente esa emoción. Es que el haberme convertido en un vampiro, ya no tengo sentimientos. Ya no puedo odiar ni amar, no puedo querer ni desear. No recuerdo lo que es la timidez ni la valentía, el esfuerzo de un corazón que late por un objetivo ni la pereza.
Todo lo he dejado por el deseo de una eterna juventud, perpetuidad que me dio su precio y que en esta madrugada de luna nueva, y después de 197 años, me doy cuenta. Y lo peor es que, por la ambición de una vida sin vejez, un anhelo que siempre creí imposible en vida, no me di el tiempo necesario para conocer un amor, por la sobrada juventud que me plagaba. Esa palabra tan poderosa que ya la he olvidado y que no la siento al proferirla. El amar a un padre o a una madre lo olvidé.
Todo lo he rechazado sin pensarlo. No recuerdo lo que es un padre o una madre, ni tampoco la amistad. ¿Qué son los amigos?, no lo sé; pero sí permanece en mi evocación y remembranza las sonrisas que esbozábamos con otros jóvenes (no recuerdo sus nombres), y si mal no me equivoco, aquellos eran mis amigos. Las salidas nocturnas y a cuantas mujeres perseguíamos me debería de producir quizás acabada nostalgia, pero no puedo sentir absolutamente nada.
Ya no sé sobre el dolor y la pena, y por ende no puedo llorar ni tampoco puedo bosquejar una sonrisa, porque no tengo la emoción de la alegría.
Ya no tengo el conocimiento de la pasión ni del dolor, ni de la alegría ni del llanto. No puedo sentir emociones ni inquietudes, ni pesares ni turbas; ya no recuerdo la compasión ni la maldad, ni sé lo que produce la sonrisa de un niño ni su llanto. Vivo preso en una misma apariencia, una eterna e inmortal pero simulada vida.
Soy solo una cáscara sin su contenido. El alma ya no está y por ende mis sentimientos ya se fueron. Solo vivo de la caza, del absorber la sangre de los inocentes y no me importa su dolor porque no lo siento. Para muchos soy un ser malvado, pero no entiendo la diferencia entre el bien y el mal. Solo vivo por instinto, exactamente como los animales y así siempre seré.
Los vampiros no somos infernales ni malvados, solo nos alimentamos de la sangre de los vivientes para poder sobrevivir y además de eso, no conocemos el bien ni tampoco el mal. No sabemos de la misericordia ni de la impiedad, del amor ni la inhumanidad. Somos lo que somos, ni buenos ni malos, simplemente vampiros.
Aún no sé lo que me impulsó a escribir estas líneas después de casi dos siglos de supuesta vida. Si fuera una inspiración, estaría fuera de mi naturaleza y si lo que escribo son sentimientos expresados, sería igual de sobrenatural. Lo único que puedo llegar a descifrar es que se trata del simple uso de mi razón y nada más. Son palabras salidas desde mi cabeza y no desde mi alma, porque simplemente no la tengo, y tampoco mi corazón agolpa como el de un ser viviente, porque no tiene vida; late de manera funesta y fría.
Mi amanecer es el ocaso, y al preludio del alba es cuando duermo. Despierto en las noches y descanso en el día, Ya no recuerdo la luz del sol...de cuán bella y fuerte es.
Viviré eternamente entre las sombras, fundido en las tinieblas y enclaustrado en la totalidad de lo sombrío. Como la luna, ya soy parte de la noche. La oscuridad conoce mi nombre, y de hecho mi nombre es ella.
El razonamiento es el alma del vampiro, y el sentir, los pensamientos. Por eso, con mis propios sentimientos estoy creando estas palabras, y espero que alguna vez alguien pudiera leerlas.
Mi lecho es un sarcófago y mis horas son umbrías. La palidez de mi piel es como la blancura de la nieve, y es tan fría como el mármol.
Así será mi vida por siempre, o el tiempo hasta que muera, si es que alguna vez vuelvo a fallecer.
Añoro la luz aunque ame las tinieblas. Pero a pesar de mi naturaleza puedo recordar que cuando era un ser humano, prefería al día que a la noche, y de cómo la blancura de mi piel se oscurecía por el sol. El frío resplandor de la luna es la única luz en la cual me puedo deleitar, y ni siquiera siento su deleite.
Siendo un ser completamente nocturno, aunque no pueda sentir este deseo, ansiaría volver a sentir la luz de la alborada. Sentarme en los pastizales y sentir el frío toque del rocío en la mañana.
Estoy condenado a tener que vagar eternamente por las noches, como si fuera una sanguijuela errante, inmerso en una profunda soledad inmortal, sumergido entre las sombras, siendo parte de la misma.
Las oscuras nubes de la noche bailan al compás de mi noctámbula existencia abominable, de mi lucífera y resplandeciente aurora sepulcral.
Cualquiera con un alma que lea estas palabras pensará que soy un vampiro arrepentido. Jamás. Saldré esta misma noche, como en todas las demás, a satisfacer mis ansiedades. Amo la sangre y fuertemente la deseo. Amo sorber el preciado líquido desde las arterias. Es imposible retener esta hambruna. Tengo el mismo instinto asesino que un animal, y como para ellos, para mí no existe el bien ni el mal.
Todas las noches despierto pletórico de sangre, abriendo los pesados túmulos donde esta lúgubre entidad se tumba a descansar, con la ansiedad extrema de humedecer mis labios, de sofocar a los mortales con mis brazos temidos y que mis lienzos y vestiduras, al final de cuentas, se hallen ensangrentadas, para después regresar a los pesados montículos nuevamente, y reposar de sangre saciado, sin más cobija que la niebla y el ulular dulce de los búhos.
Me sumerjo entre los vapores de la inmortal enajenación y suspensión hacia un romance con las sombras y un idilio placentero que provocan las rojas tintas de los mortales.
Las blancas palomas de las plazoletas, despavoridas huyen ante mi funesta y espectral presencia, y solamente los búhos y los cuervos de la noche son capaces de permanecer intactos, sintiendo y tal vez hasta deleitándose con el frío y mortal viento que acompañan mis pasos de vampiro.
Por los años de los años, mi existencia será siempre la completa solitud. Viviré en reclusión perpetua con la noche, en un presidio de oscuras celosías que vislumbran hacia un horizonte cada vez más lóbrego y sombrío, más trágico y luctuoso.
Lluvia de silencios se apoderan de mi cubículo siniestro, de piedras y fríos mármoles; una habitación en la que mi fantasmal cuerpo de vampiro, reposa en la soledad absoluta y en la despótica bonanza.
En cada anochecer, la alevosa nocturnidad premeditada me devora por completo, y yacido en la genuflexión a mis instintos, mis pasos de noctámbulo sediento, transitan por las escalinatas de mi alcoba, para encontrarse con la luminosa dama de la noche, y comenzar la noctívaga rutina, pero placentera, y emprender en busca de mis víctimas y presas.
Puedo oler a mi captura como una fiera hace con la suya. A gran distancia puedo percibir cualquier tipo de sangre, ya sea pura o impura, ya fuera fría o caliente. Allí no hay misericordia y no tengo Dios. Me gusta impulsar y excitar temor hasta llegar a hervir la sangre de cada una de mis víctimas, de tal manera que así pueda saborear mejor el líquido púrpura. Quizás sea un acto malvado según el humano pensamiento, pero los sentimientos son algo que no los puedo entender ni comprender. Todo lo hago simple y llanamente por instinto. Puedo pasar al lado de una virgen sin la necesidad de complacerme en la puridad de su sangre, como puedo, si el hambre y mi naturaleza lo permiten, ser propenso ante su crúor. Aunque nunca niego la propensión a este tipo de sangre.
Soy tan frío como las cenizas de un muerto en una copa de plata. Mi corazón tiene la misma frialdad que la de un hielo, y es tan duro como una piedra. Solo vivo del instinto y de la lógica, de la razón y del pensamiento. Vivo por mí y para mí.
He vivido dos siglos de vampiro y no sé cuanto tiempo más seguiré siéndolo. Quizás este sea un momento único en mi vida, o en mi vida muerta, en donde me estoy expresando como si realmente tuviera sentimientos; como si mi alma se me hubiera vuelto a posar en mí para este mismo instante, esta noche, para así escribir estas líneas, que mañana tal vez las olvide y sin más pensamientos ni nada, lo que en esta madrugada expongo, no lo vuelva a recordar.
Pero no niego que vuelva a matar para sobrevivir y que no tenga piedad alguna, compasión que nunca tuve, en medio de llantos y de clamores, de lágrimas derramadas pidiendo por clemencia y vida, y tales gotas no me inspiran más que el saber que la sangre hierve más para mi gusto.
Al próximo ocaso, quizás, al despertar, ya no recuerde estas palabras, pero seguiré siendo el terror de las noches bajo la cómplice mirada de la luna, y el ser más odiado e incomprendido del mundo, que simple y llanamente vivirá, como todo ser viviente, para sí mismo.

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