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Noches de estío. Y calor, mucho calor. Y ventanas abiertas. Aunque no siempre es la brisa quien cruza el umbral y hace bailar las cortinas... El sueño se evaporó al instante abandonándola de nuevo a la vida, por causa de un inesperado intruso que trepaba por sus sábanas, cubriendo su incógnito con las sombras de la habitación.

Los fuertes brazos sujetaron su desesperación y el grito se atoró en su garganta al ser traspasada por dos punzones de marfil, que prontamente comenzaron el trasvase del fluido vital al interior de su maléfico dueño. Ella se debatió en forcejeo con el asaltante de cuellos, cada vez con menos fuerza. Mientras, podía sentir cómo su esencia se escurría fuera de sí a través de los finos conductos insertos en los colmillos que le atenazaban la yugular. El ser de oscura estampa desgarraba la piel entre espasmos furiosos, esparciendo hemoglobina por doquier alrededor del epicentro de la mordedura.

Los ojos en blanco de la exhausta víctima indicaban que finalmente había entrado en un estado de catalepsia, y el débil corazón apenas encontraba ya sangre que bombear.
Pero la criatura se desprendió de súbito de su presa y comenzó a esputar de forma violenta la sangre robada. Y como un aspersor demoníaco, regó paredes y suelos cambiando los tonos lila y beige por una decoración monocroma a base de rojo bermellón. Una mano inhumana, poblada de garfios acabados en largas y amarillentas uñas, se apoyó en el yeso sujetando con dificultad la maléfica estampa, que escupía rabiosa los últimos cuajos de su malogrado banquete. Los ojos inyectados con la esencia pura de la maldad, se torcieron hacia su víctima y posaron su ira en la desgraciada estampa de la fémina por última vez, antes de desaparecer al vuelo con un soplo de aire, arrastrando tras de sí el pútrido aroma que manan las criaturas nocturnas dependientes de la jurisprudencia infernal. Su silueta se fundió en la noche dejando de ser un ente discernible de las sombras.
La mujer se resistía a morir, y aunque débil en exceso, subconscientemente logró convencer a su organismo para que luchara agónicamente por vivir tan sólo media hora más. Tiempo justo y suficiente para que fuese descubierta la moribunda antes de entregar definitivamente su alma prestada. Y gracias a que sus salvadores acudieron prestos al aviso de las autoridades que se personaron en primera instancia. Los eventuales vecinos de motel, ocupantes de las habitaciones contiguas, dieron la alerta tras el escándalo perpetrado en aquella habitación, cuyos finos tabiques apenas pudieron amortiguar el sonido del forcejeo y de los vómitos posteriores.
Por un puro casual, el veneno no logró contaminar la carne cediéndole su herencia maldita. A la muchacha le estaba bajando la regla, condición femenina por la cual su sangre se hallaba en un estado especial de renovación que impedía absorber y asimilar la saliva contaminada de los vampiros.
No obstante, la menstruación no podía impedir que la sobredosis de heroína que circulaba frenética por su torrente sanguíneo la estuviera matando esa noche, de no ser que aquella criatura, por un azar, eligiera esa ventana y no otra, extrayendo sin querer la esencia mortal del organismo de la mujer.

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