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La Máquina se paró de golpe y vibró mucho, escupiendo negras bocanadas de humo. Resopló varias veces, casi con fastidio, echó fuego de su lomo de hierro y el motor aulló. La fuerza recorrió el intrincado camino de poleas y engranajes hacia las ruedas dentadas, éstas recibieron el impulso y movieron la cadena sin fin, haciendo que la Máquina avance aún algunos metros.

 

Lemy se inclinó hacia adelante y miró a través de la rendija de la cabina, el único resquicio por el que entraba la luz exterior en toda la Máquina, y su rostro cubierto de grasa y hollín se contrajo en una mueca de asco.

¿Cómo va la cosa? –preguntó Hal, su acompañante, mientras prendía un cigarrillo.
Una mierda. Perdemos temperatura y presión. El motor está funcionando por obra de un milagro –informó.
¿Cuánto crees que nos falte?
Lemy volvió a escrutar el horizonte y su piel de reptil se arrugó en torno a los ojos.
Más de la mitad, diría yo –concluyó al fin.
Estamos atrasados, compadre –soltó Hal con preocupación.
Sí –Lemy se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, miró los relojes del tablero y sacó cálculos mentalmente Muy atrasados. –señaló y se dejó caer sobre el asiento con almohadilla.
Esta vez nos van a cortar las pelotas, Lem. El supervisor dijo que...
Me importa una puta mierda lo que haya dicho el supervisor, lo interrumpió esta vez yo mismo...

La frase quedó inconclusa. En ese momento la Máquina se detuvo en seco y lanzó un alarido ensordecedor. Un sonido metálico y sostenido había brotado de sus múltiples válvulas, como surgido de profundos abismos. El suelo se estremeció bajo el peso ingente de la Máquina que ahora temblaba rabiosa, casi a punto de estallar. Hal y Lemy saltaron de los asientos y comenzaron a mover palancas y apretar botones, maniobras desesperadas y por demás inútiles. La Máquina se movió bruscamente hacia los lados, una montaña de metal ardiente oscilando, y todas sus toneladas se sacudieron con violencia, chirriando y gimiendo como una enfurecida bestia mecánica. Despidió un bufido prolongado y durante varios segundos todo quedó envuelto en una nube de humo espesa. El motor se había apagado.

¿Qué pasó? –Hal se había quitado la mascarilla de respiración y examinaba los indicadores que parpadeaban en rojo sobre el tablero de mando.
No lo sé, parece que el motor principal se detuvo. Prueba con el motor auxiliar, a ver qué pasa.
Los dos muertos –comunicó Hal Como lo estaremos nosotros dentro de poco.
No seas pelotudo. Anda abajo y fíjate qué carajo pasa.
¿Otra vez? No señor, no. Yo fui el último en bajar. Ahora es tu turno –respondió Hal.
Yo tengo más experiencia que tú así que yo decido quién va espetó Lemy.
Yo fui las últimas tres veces, así que ya pagué mi derecho de piso, creo. Te toca ir.
Me cago en tu puta madre, Hal.

Lemy se levantó y abrió la escotilla que estaba entre los dos asientos. Se introdujo en ella a las puteadas, mientras en la cabina Hal soltaba una carcajada homérica. Bajó por la recta escalera de hierro hasta su fin, en el piso de la monstruosa máquina. Caminó por un pasillo angosto que desembocaba en el cuarto de ingeniería y atravesó la puerta. Un mecánico estaba parado con su caja de herramientas a unos diez metros. Lemy se acercó.

¡Hey, Lem!
¿Qué hay, socio?
¿Qué hace el viejo Lemy en los profundos infiernos?
Vengo de paseo, idiota ¿Qué mierda crees que hago?
Tranquilo, compañero. A mí no me mires, mi sector está impecable. Acabo de terminar los últimos ajustes a los mecanismos de transmisión.
Ya lo sé. Voy a la caldera.
Ah, la caldera. Hay un problema con eso, el túnel de comunicación está cerrado. Creo que algún imbécil derramó ácido o algo así. –El viejo se frotó las manos en el traje de dril azul y continuó Sígueme, te llevaré a la caldera por un camino más corto.

Ambos echaron a caminar y se internaron entre los engrasados componentes de la maquinaria, una oscura selva de hierros entrelazados. Unos minutos después llegaron hasta la puerta de la caldera.

Aquí está –dijo el mecánico apuntando con la cabeza La boca del infierno.

Lemy empujó la puerta y una ráfaga de calor intenso salió de la caldera. Esta era una cámara circular de veinte metros de diámetro, en cuyo centro se levantaba una especie de tubo enorme provisto de varias bocas de alimentación. Frente a cada boca había un hombre con una pala junto a un montículo de carbón. Apenas entró, Lemy notó el estado de los obreros, parecían espectros consumidos por alguna enfermedad. Tenían la piel pegada al hueso y algunos ni siquiera tenían fuerzas para levantar la pala una vez cargado el carbón. Lemy se dirigió a uno de ellos y preguntó:

¿Dónde está el encargado de caldera?
El hombre, un esqueleto amarillento y putrefacto, levantó la vista y apuntó hacia una sombra robusta que se movía en el fondo de la cámara. Lemy se acercó hacia ella y escuchó la voz del encargado.
¡Vamos, holgazanes, más rápido! –gruñía. Frente a él, un hombre cuya debilidad ya no le permitía trabajar estaba apoyado sobre el mango de la pala, exhausto. El encargado le dio un cadenazo en la espalda y, en medio del ruido del lugar, se pudo oír el crujido de los huesos al quebrarse.
¿Qué está pasando? –gritó Lemy con voz de mando.
Al verlo, el encargado encogió los hombros y contestó:
Señor, hemos tenido muchas bajas.
¿Cuántas?
Unos quince, señor.
¿Y por qué no lo informaste, pedazo de excremento?
Yo, no pensé que...
Ya, está bien. Y a este infeliz ¿qué le pasó? –Lemy señaló con la punta de su cigarrillo a un hombre que se retorcía de dolor en el suelo, en medio de un charco de sangre.
Cuando la máquina se sacudió, señor, se cayó contra aquellos engranajes. La máquina le cortó los dos brazos.
El hombre gemía. Los brazos habían sido arrancados a la altura de los codos y de cada extremidad brotaban sendos chorros de sangre.
Bien. Arrójenlo al fuego, que sirva de combustible. Busca relevos para los que falten y a los que ya estén demasiado cansados los arrojan al fuego también, y luego los reemplazas. Fíjate que sean más fuertes esta vez, idiota.

Dicho esto dio media vuelta y recorrió el camino inverso hasta la cabina. Al llegar encontró a Hal despatarrado en el asiento.

Vamos, arriba. En un rato seguimos.
Llamó el supervisor.
Lemy pareció sorprendido.
¿Qué dijo?
Preguntó por tu madre. Y además dijo que si no terminamos a tiempo va a venir el Jefe en persona y nos va a arrancar la piel.
El Jefe, el Jefe, ¿quién se cree que es ese hijo de puta? ¿Dios?

Hal y Lemy se rieron a carcajadas. La Máquina permanecía en reposo.

Y mientras tanto alrededor, extendiéndose a miles de kilómetros a la redonda, la multitud crecía. Gente de toda raza, sexo y edad, se amontonaba en torno a la Máquina. Cientos, miles, millones, una marea humana. Estaban desnudos, con la mirada extraviada, hombres, mujeres y niños arrancados a una animalidad bestial, gritando con las gargantas agarrotadas por un miedo cerval, milenario. Y no sólo la conciencia, sino aún el instinto parecían abolidos en aquellos seres inmundos. Vista a la distancia, la masa humana en nada difería a una gigantesca colonia de gusanos. Un gran foco de infección que era necesario destruir.

En el medio de los cuerpos enmarañados, la figura de la Segadora se elevaba como un gran dios del mal. Una mole de acero que se alzaba varios metros por encima de las cabezas, cubierta por una capa de óxido que la envolvía como la cota de malla de un guerrero monstruoso. Y en el frente, una estructura que se extendía diez metros hacia ambos lados de la Máquina, provista de cuchillas con forma de disco dispuestas a pocos centímetros unas de otras, ligadas, conformaba un muro letal.
La Segadora corcoveó. Hubo una explosión. Finalmente, el motor arrancó.

¡Allá vamos! –dijo Lemy.
¡Huiiiiija! –gritó Hal.

La Máquina rugió.

Al arrancar, las cuchillas comenzaron a girar, enloquecidas, silbando su sinfonía de destrucción. Los que estaban amontonados al frente de la Segadora saltaron hechos pedazos. Y los gritos se multiplicaron. La Máquina retomó la marcha y avanzó sobre la horda. Cortando, destrozando, extinguiendo. Al avanzar, todo el frente de cuchillas desapareció bajo olas de sangre. Un rojo torrente que brotaba de la Segadora como una fuente, salpicándolo todo.

Borrando a la humanidad de la faz de la tierra.

Ahora sí va como tiro ¿eh?
Quizás hasta terminemos sin atrasos.
Si llegamos a terminar a tiempo me regalas una noche con tu hermana, ¿eh, Lemy? –bromeó Hal.
Vete a la mierda. –respondió Lemy.

Ambos rieron. Mientras barrían a la humanidad. No había de qué preocuparse, después de todo. Al fin y al cabo, tarde o temprano terminarían con el trabajo.

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