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Pesadillas

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Te ofrecemos un gran archivo de relatos de pesadillas terroríficas vividas por nuestros usuarios. Narraciones reales sobre el mundo de los delirios nocturnos y las angustias sufridas durante el sueño.

Esta historia me la contó una chica de unos 16 años, y no le sucedió a ella, sino a su madre, una española que emigró a Alemania para buscarse la vida, teniendo que alquilarse una casa con su joven esposo que apenas tenía comodidades.

Estoy en el suelo. Tendido, yaciente. Moribundo quizá, no lo se; el caso es que me resulta imposible moverme. Siento la frialdad de la piedra en mi espalda, el cielo oscuro e interminable sobre mí, una pléyade de estrellas amenazando con desplomarse en cualquier momento y abrasarme.

Con un cuchillo entre las manos, me veo reflejado en el espejo de mi habitación, aquella imagen me mira con cara desafiante, señalándome y balbuceando crueles insultos contra mi físico, se pasa el viejo y oxidado cuchillo de mano en mano a una velocidad pasmosa mientras no deja de mirarme, sus ojos emanan rabia, dolor y sobre todo odio hacia mi persona, de repente empieza a llorar y caemos a la vez de rodillas al suelo sin dejar de mirarnos a la cara ni un solo segundo, tengo ganas de huir y de gritar pero mis piernas no me dejaran jamás salir de esa habitación.

Esta es la Historia de un Poeta, Alejandro y Su Musa. Esta musa era la fuente de inspiración, por ella escribía maravillas en sus poesías. Le contaba historias de barcos atravesando fuertes tormentas, tesoros escondidos en lo profundo del mar.

Me miro en el espejo, y en él se reflejan el peso de las horas de insomnio. Me asusta la palidez de mi rostro, la profundidad de mis ojeras. Detrás del espejo está la cama, ese monstruo que me tienta, que me ofrece un premio que nunca puedo recibir; la odio, en cambio la sigo buscando con anhelo cada noche.

Me encontraba sola en casa, mamá había salido a hacer las compras, como todos los sábados. A lo lejos escuchaba un timbre, caí en la cuenta que era mi celular el que sonaba, desperté sobresaltada, había vuelto a tener aquel sueño. Corrí un poco torpe, todavía no había despertado bien.

Es una sombría tarde en una desolada ciudad; en las afueras, en medio de un bosque de árboles muertos, se encuentra una cabaña que a primera vista pareciera no estar habitada. Es un ambiente sombrío, tanto, que parece que el sol ni siquiera intenta brillar en ese lugar.

Durante varias noches el mismo sueño perturbaba mi descanso, veía como iba camino a casa con mi esposo en el automóvil, podía distinguir perfectamente bien el numero 137 escrito en el kilometraje de la carretera luego una luz irrumpía la noche lluviosa y de pronto podía sentir mi propia piel quemándose y el crujir de mis huesos aplastándose, el dolor era insoportable, tanto, que me despertaba sumergida en este terrible dolor.

Cuando Lucas se despertó no estaba en su cama, estaba tumbado en el suelo de un bosque, un bosque oscuro como un agujero negro, no se oía nada, solo el susurro del viento.

Escribo desde un profundo estado de locura del que ya no me puedo zafar. Estoy encerrado en mi habitación, ubicada en el segundo piso de lo que fue alguna ves mi hogar. Ahora no es más que una prisión para mí. Escribo porque sé que no podré más.

¿Cuánto tiempo llevábamos encerrados? Lo mismo podían ser cinco días que quince. O veinte. Yo ya había perdido la cuenta. Desde aquella mañana velada por la neblina en que el miedo nos obligó a refugiarnos en la casa todo me resultaba tan irreal como un sueño.

Esta historia no es mas que un sueño que tuve, por lo que si habéis soñado alguna vez sabréis que hay escenas y elementos que surgen de la nada por lo que trataré de ser lo mas coherente posible siendo fiel al sueño. A mi gusto, este ha sido el mejor que he tenido hasta la fecha aunque hay veces en que pienso que es un poco cuco.

Desperté. Era de noche. Estaba tendido sobre la hierba, en la pendiente del valle. La luna brillaba con fulgor verde en la oscuridad. Las estrellas eran ojos que, extrañamente, se desplazaban en líneas rectas, parpadeando. Me incorporé, y el olor a podredumbre arrastrado por el viento me golpeó en el rostro.

Cuidado no te des la vuelta. El Fiero amenaza, con arrancarte los ojos si lo haces. Es facil, basta con meter sus huesudos dedos y con sus uñas tan largas, hacer palanca.

Soy un fanático de nuestras antiguas costumbres. Me encantan los objetos que se usaron en épocas pasadas. Me fascina sentirme parte de un modo de vida que ya no existe. Echo a volar mi imaginación intentado esbozar cómo sería estar allí, lo hermoso de la ignorancia de las gentes, la simplicidad de las vidas antes de los coches y la electricidad.

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