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Todo comenzó una deprimente noche de invierno en la antigua Yugoslavia, lo recuerdo por el hedor putrefacto de esa sopa extraña que me ofrecieron aquellas "amables ancianas" de aspecto andrajoso, nariz alargada y túnicas exóticas cuando me encontraron a punto de morir a causa del crudo invierno que sorprendió la tropa a la que pertenecía.

 

No había recuperado completamente la conciencia cuando una cucharada de esa repugnante mezcla ya hacia en mi boca sin fuerzas para mascar; yo solo trague como por instinto mientras observaba otras 2 ancianas que se cuchicheaban y me miraban con ojos de desprecio. Quizá habían descubierto que yo era un soldado británico enemigo y querían deshacerse de mi de una manera cruel o entregarme a las autoridades, hacerme prisionero y torturarme o quizá...
de pronto todas esas ideas agobiaron mi cabeza y cuando estaba apunto de gritar por la desgracia que creía me esperaba, un fuerte dolor de cabeza me dejó inconsciente de nuevo.

Desperté después de lo que para mi había sido una eternidad pero mi reloj de pulsera marcaba como 30 minutos. Ya no estaba con esas horribles viejas y su indeglutible sopa; por un instante me sentí tranquilo hasta que en un intento por mover mi brazo me di cuenta de la realidad en la que me encontraba pues estaba completamente inmovilizado con cuerdas sujetas a lo que parecía un artefacto de tortura, después vi hacia las paredes: una estructura de metal con manchas de un rojo tan vivo que dudosamente pasaría por pintura. ¿Dónde estaba?, ¿Quienes eran esas ancianas?, ¿Qué querían?... Fue cuando volvió ese recuerdo a mi mente: días atrás había oído platicar a un general una antigua leyenda eslava, dicha leyenda hacía referencia a una aldea ubicada en las cercanías de nuestro campamento militar, aldea habitada por mujeres que habían quedado viudas a causa de la guerra y habían dedicado sus vidas a la practica de las artes obscuras.

Pero, ¿sería eso posible? acaso esas mujeres eran..., El sonido de una puerta abriéndose interrumpió súbitamente mis pensamientos, comencé a sudar frío y mis latidos sobrepasaban las 80 pulsaciones por minuto, parecía que estaba a punto de un ataque cardíaco, de nuevo vi una anciana que entraba por la puerta y se dirigía sigilosa hacia la palanca que estaba a un costado mio, para acabar mi ruina, la palanca parecía activar el complejo mecanismo de poleas que hacia funcionar la máquina a la que me hallaba atado.

Después de eso todo fue mucho menos pensado y mucho mas doloroso, la maquina separaba cada uno de mis miembros con una rudeza propia del demonio, el dolor aumentaba más y más hasta que se hizo insoportable y entre gritos sollozos y maldiciones quede desmayado para despertar aquí, en este cuarto acolchonado con esta maldita camisa de fuerza; se lo que piensan, pero yo se que no estoy loco!, tengo evidencias!... aunque eso no sirva de nada cuando le cuento una y otra vez lo mismo al psiquiatra que aquí me atiende; pues él dice que la única verdad que le digo es la de la tropa que desapareció el siglo pasado en aquella guerra y de la que nunca se supo nada.

Alguien algún día podrá explicar mi suceso, es por eso que dejo mi testimonio escrito en este pedazo de papel amarillento que he podido extraer del inodoro, no quiero pasar aquí el resto de mi vida, yo se que digo la verdad...

Att: Cadete Alfred Gudegrin.

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