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Historias de Monstruos

Relatos en los que criaturas de la noche, seres aterradores y todo tipo de monstruos son los protagonistas.

Hola me llamo Diego, vivo en Chile y tengo veintidós años. Bueno esto me ocurrió cuando nos mudamos toda la familia a una vieja finca del jefe de mi padre. Era una casa de campo muy grande, en medio de la nada y con un enorme galpón por el lado este.

Son las 12 de la noche, y estoy con unos amigos jugando al póker... Pero todo se ve tan extraño... ! En realidad, ahora que miro bien... ¡No son amigos míos...! ¡Jamás los ví en mi vida...! ¿Quién es esta gente...?. Y el lugar donde estoy...

Soplaba un viento gélido desde hacía tres días. La calle Liverpool dormía aquel viernes bajo una noche cerrada, los ángeles habían llorado la muerte de la bondad y el asfalto permanecía húmedo. Todo el silencio acumulado en los edificios modernistas de la zona se desvaneció en un instante: se cantaba en voz alta una canción de rock.

Mi nombre es Tomy, tengo 10 años, vivo con mi mami en las fronteras de Texas. Mi padre era científico, trabajaba para encontrar la cura de enfermedades. Mi padre era mi ídolo, día a día llegaba con su bata blanca en el hombro, besaba a mama y me ponía la mano en la cabeza y me decía tiernamente, cómo te portaste hoy campeón? ¿Cuidaste bien a tu mami?

Carlos tenía un miedo cerval al húmedo armario de debajo de la pila de la cocina. Todas las noches su mente desequilibrada le hacía ver hileras de dientes aserrados brillando en la oscuridad, a buen seguro propiedad de algún monstruoso depredador agazapado entre las tuberías esperando el momento oportuno de hincarlos en la suave y sonrosada carne de su brazo.

Esta es una historia que solo podré contar una vez, pues si la cuento una vez más, mi vida correrá peligro. Esta historia se encuentra en una página de internet que apareció en mi ordenador por error, pero no sabéis el terror que contenía.

Sucedió todo hace unos tres años, mientras paseaba por la ciudad de Cancún y decidi con mis amigos ir a la playa, al volver me giré i vi un objeto, al acercarme pude ver que se trataba de una cámara digital. Sin pensarlo dos veces la tome. Era perfecto, ¡UNA CAMARA DIGITAL¡.

Aquella noche fue la más fría y oscura de las últimas semanas. La espesa niebla y las nubes no permitían a la luz de la luna entrar en la casa. La televisión y la radio ya no emitían noticia alguna y ni corría agua por los grifos.

John, de tan solo cinco años, gritaba de terror todas las noches. Según él un monstruo habitaba en el armario de su cuarto y le hablaba por las noches en plena oscuridad incitándole a hacer cosas terribles. Su hermana mayor Samantha ya estaba cansada de oir cada noche la misma historia. Consideraba que eran temores infantiles de crios, que asociaban con la oscuridad de la noche.

En una familia mas bien pobre la niña pequeña no tenía juguetes porque sus padres no tenían dinero. Una mañana como todas, el padre de la familia fue a pescar a un río cercano, y por casualidad pescó una muñeca que era como de porcelana fina, y cuando llegó a la casa, se la dio a la niña. La niña muy contenta jugaba todos los días con la muñeca, la peinaba y la ponía bien guapa.

Es la tarde de un Viernes típico y estás manejando hacia tu casa. Sintonizas la radio. El noticiero cuenta una historia de poca importancia: En un pueblo lejano han muerto 3 personas de alguna gripe que nunca antes se había visto.

Nos dirigíamos por la autopista con la ayuda de mi anticuario Ford cuatro puertas, con intenciones de llegar a una majestuosa ciudad, que contaba con un extenso mar y con hermosos hoteles cuatro estrellas.

René era un niño muy curioso, juguetón y travieso. Como cualquier niño de 7 años le gustaba jugar con sus amiguitos en la calle, jugar pelota, trepar a los árboles y andar en bicicleta. Gozaba ir a fiestas infantiles, sobre todo si había un brincolín inflable.

Después de los sucesos ocurridos en Cuernavaca, donde dos jóvenes murieron a causa de la extraña historia de un maniquí de payaso que cobró vida en una banca de una restaurante de comida rápida.

El televisor emitía destellos de luces grises intermitentes debido a las interferencias. Por mucho que Sebastián mirase no podía ver más que una insondable sombra plomiza que lo engullía hasta hipnotizarlo.

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