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"¿Podría una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues yo nunca me podré olvidar. Is. 49,15." Empezó a oír el llanto antes de entrar a la casa. El hombre volvió del trabajo con el último aliento de la tarde, arrastrando su sombra a través de las calles. En todo su aspecto lánguido y demacrado se notaba el agotamiento físico y la falta de sueño que su cuerpo venía reclamando a gritos.

— ¡Querida, ya llegué! —anunció el hombre en el quicio de la puerta.
No le sorprendió la ausencia de respuesta ni el hecho de que nadie venga a recibirlo. Sin embargo, el llanto constante como sonido de fondo resultó tan molesto para sus nervios siempre alterados, que a pesar de que llegaba amortiguado por la distancia, lo sintió como si una manada de gatos estuviera aullando adentro de su cabeza.
El señor Gómez apoyó su maletín sobre una repisa, se quitó el saco, lo colgó en el perchero y aflojó el nudo de su corbata. Luego fue hasta el baño, se arremangó los puños de la camisa y se lavó la cara y las manos con abundante agua. Finalmente volvió al salón comedor y se dejó caer en la silla exhalando un suspiro.
— Uff, no doy más... —resopló.
Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos sobre la mesa y miró su imagen reflejada en el vidrio de la biblioteca. Negras ojeras subrayando los ojos enrojecidos, piel anémica y grasienta bajo una barba de cinco días, la espalda encorvada y la expresión ausente en la mirada, formaban el conjunto calamitoso de su figura.
Una punzada de dolor en las sienes lo hizo desviar la vista de aquel cuadro. El llanto susurraba en sus oídos una retahíla de reclamos y lamentos, en un lenguaje visceral compuesto por lacrimosos gemidos.
— ¡Marta, ya llegué! —volvió a gritar, esta vez alzando más el tono de voz.
A continuación se escuchó un ruidoso traqueteo de ollas y utensilios de cocina, unos pasos nerviosos que se acercaban y luego la señora Gómez se asomó por una puerta lateral. Llevaba un delantal cuyo color original había sucumbido hacía tiempo bajo sucesivas capas de mugre, un hacha de cocina chorreando sangre en la mano derecha y el pelo largo y crespo recogido en una cola de caballo.
— Alberto, no te escuché entrar —dijo la mujer, jadeando—. ¿Cómo estuvo tu día?
Igual que el anterior, y el anterior, y los que vendrán... hasta el fin de los días, pensó él.
— Bien, bien... —respondió con voz cansada—. ¿Qué hay de cenar?
— Sopa de verduras —dijo la mujer, y se limpió el sudor de la frente con el borde del delantal.
El hombre suspiró. La señora Gómez adivinó el gesto de fastidio en el semblante de su marido, por eso salió de la cocina y se paró frente a él cruzada de brazos, en actitud desafiante.
— Alberto, ¿qué te pasa? —le espetó.
La pregunta era ya ritual. Ella sabía tan bien como él que su vida era un asco. Que había visto cómo sus sueños se derrumbaban uno a uno hasta quedar convertidos en un montón de ruinas. Que se sentía aplastado como una cucaracha por una rutina vacía y sin sentido: del trabajo a casa y de casa al trabajo, y a eso había que sumarle las "horas extras" que demandaba ser padre de familia.
— Nada, Marta...
No pasa nada, repitió, y sin embargo la montaña de basura adentro de su cabeza empezaba a alzarse como un dios terrible al que había que alabar y rendir tributo.
— Alberto, por favor, no empecemos otra vez...—dijo la mujer, cuando tuvo un súbito presentimiento. El instinto materno.
Un grito horrible atravesó la habitación. El llanto se tornó alarido lastimoso, una letanía sonora y discordante que desgarró los oídos del matrimonio. La mujer miró al hombre. El hombre miró al piso y luego a su mujer.
— Deben tener hambre —dijo la señora Gómez.
— Siempre tienen hambre, Marta, siempre —respondió el hombre con dureza—. ¡Hacelos callar, por el amor de dios!
— Pero... Alberto, ¿qué te pasa?
— Me pasa que no los soporto más, ¡me van a quemar la cabeza!
— No hables así, por favor.
— ¿Por qué? Si son unos malcriados de mierda, Marta.
— ¡Alberto!
El hombre la miró con un brutal deseo de insultarla. Los ojos llenos de un frío aborrecimiento.
Ante ese arrebato contenido, la mujer se envalentonó y le echó en cara todo lo que pensaba. Le dijo que él era el culpable de su angustia, que le había arruinado la vida, que era un desalmado sin corazón y que a veces tenía deseos de matarlo como a un perro.
— Sos un hijo de puta, Alberto.
El hombre se paró frente a ella, dispuesto a golpearla, pero contuvo su irritación ante una visión deprimente. Por un momento, el señor Gómez sintió que se estaba reflejando en un espejo: igual de cadavérico era el rostro de su esposa, igual de sombría su mirada, igual de abatido el cuerpo de la mujer de la que alguna vez estuvo enamorado.
— Marta.
— Alberto.
Ambos se miraron, fingiendo reconocerse el uno en el otro, evocando un pasado irreal de tan distante, pero que a fuerza de repetición terminó siendo la única realidad posible.
— ¿Te acordás cuando éramos novios?
— Sí. Éramos jóvenes. Eso fue hace mucho tiempo —reflexionó ella.
— Antes de que empieces a tener hijos —dijo él, casi en tono de reproche.
— Antes de que "empecemos" a tener hijos, Alberto —corrigió ella—, ¿no estarás insinuando que...?
— No, Marta, yo no insinúo nada.
Se sentían como si fueran los únicos sobrevivientes de una terrible tragedia: sólo los unía la resignación mutua, la pesadilla común de haber atravesado juntos el infierno.
El horror compartido.
— Alberto...
— ¿Qué, Marta?
— ¿Todavía me querés?
Silencio.
— Sí —mintió él—. ¿Y vos?
Otra vez silencio.
— Yo también —mintió ella.
En ese momento el llanto se intensificó, acompañado por un alarido horrendo. Sin decir una palabra, activado por una súbita energía de reserva en su cuerpo, el hombre se dio vuelta con ímpetu y se dirigió a grandes pasos a las habitaciones. Se paró frente a una de ellas y reventó la puerta de una patada.
Allí, agazapado en un rincón, un niño como de siete años lo recibió con un insulto. Espumarajos de rabia brotaban de su boca con cada injuria, los ojos hinchados, rojos, la cara desfigurada por la ira.
El hombre se precipitó adentro del cuarto y cuando estiró el brazo para agarrarlo el niño le mordió la mano. El señor Gómez miró la sangre alrededor de la media luna marcada con los dientes y le respondió con una violenta patada en las costillas.
— Vení para acá, mocoso de porquería —escupió.
Lo sacó de la habitación a la fuerza y lo arrastró a través de un oscuro pasillo, seguido de cerca por su esposa. El niño berreaba, se sacudía y pataleaba, convulsionado por una mezcla de bronca e impotencia.
El corredor desembocó en una puerta. El hombre la abrió y la escalera del sótano descubrió frente a ellos los primeros escalones, ya que el resto permanecía tragado por la oscuridad. El señor Gómez soltó al niño y de un empujón lo hizo rodar escaleras abajo.
El hombre y la mujer descendieron y se detuvieron a mitad del trayecto. El niño se incorporó y permaneció de pie en el fondo del subsuelo, temblando, rodeado por un mundo de tinieblas. El llanto que hacía instantes laceraba los oídos del matrimonio cesó de repente, y la casa quedó sumida en el silencio más absoluto.
Pasaron, quizá, diez segundos.
De pronto, fue como si la propia oscuridad cobrara vida. Primero se oyeron ruidos de cadenas que se arrastraban, luego unas formas indefinidas se movieron en la penumbra, hasta que al fin emergieron de la sombra y se recortaron nítidamente contra el fondo negro: una docena de mandíbulas cuadradas, del tamaño de una cabeza, con dos hileras de colmillos brillantes como el acero.
Olfatearon el miedo. El miedo era su alimento.
Un terror animal se apoderó del pequeño. A su alrededor, las quijadas mugían y se acercaban, abriendo y cerrando sus grandes fauces con voracidad. El niño apenas pudo procesar en su esquema mental lo que estaba ocurriendo. La locura lo invadió y se extendió por todo su ser como una enfermedad, haciendo colapsar su sentido de realidad. Y en su lugar sólo quedó un horror ciego, sin matices. El puro miedo.
Pero la pesadilla para él duró poco: las mandíbulas, atacadas por una creciente sensación de gula bestial, cayeron sobre el cuerpo del niño desgarrando la carne, triturando el hueso, cortando de cuajo el aliento contenido. La jauría se disputaba con ferocidad los restos de la víctima, tironeando de cada extremo, hasta que el cuerpo no tardó en quedar desmembrado en medio de un río de sangre.
El matrimonio contemplaba el espectáculo con frialdad.
— ¿Ese era el último? —preguntó la mujer.
El hombre asintió con la cabeza.
— No les durará mucho —agregó.
— No —dijo el hombre—. Esperemos que al menos nos dejen dormir.
— Sí —respondió la mujer.
El festín estaba llegando a su término cuando el matrimonio dio media vuelta y salió del sótano en silencio. Cerraron la puerta despacio, con una sensación de placentera calma en el rostro, como dos drogadictos que se dieron un toque después de varias horas de involuntaria abstinencia.
Volvían a la sala tomados del brazo, un matrimonio feliz, cuando la mujer pareció desvanecerse. Se echó sobre el pecho del hombre y se llevó una mano a la boca, ahogando un grito.
— Marta, ¿qué te pasa?
— ¡Alberto! —gritó. El cuerpo se le dobló en una súbita contracción—. Me parece que...
— ¡¿Qué?! —gritó el hombre.
La señora Gómez se aferró con fuerza de ambos brazos de su marido, clavándole las uñas en la carne. La cara se le contrajo en una mueca convulsionada por el dolor.
Una aureola de sangre comenzó a crecer en el delantal, en la zona del vientre.
La mujer respiraba con dificultad. Inhaló y exhaló con fuerza varias veces. Mugió como una bestia hasta inyectarse de sangre el rostro. Flexionó las rodillas, hizo un último esfuerzo, lanzó un grito y luego suspiró.
Acto seguido, una pata negra y velluda asomó por debajo del delantal, tanteando en el vacío. Luego, una a una, se desplegaron ocho patas más, y finalmente una bola viviente cayó al piso haciendo un ¡plop! junto con un chorro de líquido sanguinolento.
La mujer volvió a suspirar, esta vez con alivio.
El hombre observó todo con impavidez, ni siquiera cuando la mujer vomitó sobre su camisa hubo un gesto o contracción en los músculos que delatara alguna emoción en su rostro.
— Otra boca más que alimentar —dijo inexpresivamente, mirando al monstruo retorcerse en el piso: no tenía ojos, nariz, ni otra cosa que deformara o embelleciera su aberrante fisionomía, solo una boca negra con dos hileras de filosos colmillos, y patas de tarántula naciendo alrededor.
La mujer levantó en brazos al fruto contrahecho de sus entrañas, abrió la puerta del sótano y, antes de hundirse en la oscuridad junto a su nueva descendencia, se volvió hacia su marido.
— Debe tener hambre, Alberto —dijo en tono maternal.
El hombre comprendió el metamensaje en las palabras de su mujer.
El llanto agudo del recién nacido comenzó a resonar en el interior de su cabeza: la llamada terrible, perentoria, de la cría, y sintió que su chillido se le clavaba como cientos de navajas en el cráneo.
— Voy por mi abrigo —dijo con resignación.

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