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Bolas caen sin cesar, no paran de caer, cada vez son más grandes, enormes. Cierro los ojos fuertemente, y un color amarillo genera laberintos y destellos de luminosidad. Lo que se repite continuamente es un desfilar de objetos que no consigo detener. Hastío, cansancio y habitualidad. Espero la noche para poder disfrutar de un intercambio de nuevas experiencias, cada cual más desconcertante. Tanta previsibilidad diurna machaca mi pensamiento. Necesito perder el control, para posteriormente ordenar mis sentidos.

 

Se me acerca el oso, y de un zarpazo, me abre por la mitad. En esos momentos, cae sobre mis pies el hígado, estómago, intestinos, y el riñón se transforma en una fuente que chorrea un color amarillento y putrefacto. Me recupero, aparto mis brazos de mi cuerpo, los incrusto en mi interior, separo mis costillas..., el esternón; forcejeo, arranco mis pulmones y aguanto sin respirar, ya cuelgan de mis manos. Supongo que soportaré sobre minuto y medio, máximo, dos minutos. De pequeño, jugaba aburrido sobre la media noche; contaba cuanto tiempo aguantaba sin respirar. Creía, firmemente, que me hacía más fuerte, además, practicaba para aquellos juegos de piscina veraniegos que ganaba aquel que más resistía sin respirar debajo del agua. No es la situación presente, así que acerco y choco mis dos pulmones entre sí; empezando el pasodoble. Marco el tiempo con ellos, ritmo negra a ciento ochenta. Mis labios silban la melodía, noto que algo es inexacto; falla. No es la afinación, sino el goteo constante de la sangre al golpear sistemáticamente los platillos pulmonares. Sangre, más sangre, que se diluye en una orgía de órganos de difícil distinción.

Sale una cría de canguro, de un salto, de mi hueca cavidad, se resbala en el charco sanguíneo; y se parte en dos su pata derecha. Ésta se separa de manera acelerada; la cría rechina de dolor, desesperada. Poco a poco, con el transcurrir del momento, se va calmando. De la herida, empiezan a sobresalir amagos de movimientos. Se trata de pequeñas tarántulas, que una tras otra, son expulsadas de manera violenta. Se acercan a la charca y se detienen. De repente, advierto como se me hincha la pierna, algo aprieta de manera salvaje a la altura de la rodilla. Entonces, apenas, se atisba una lengua nerviosa que se corcovea dentro de mi terror, a los segundos; se asoma la cabeza de una culebra que no para de zigzaguear. En esos instantes, el resto de mis piernas no parar de rehuir, mientras, mi cuerpo ensangrentado tropieza contra todas las enfermeras de la residencia. Al final consiguen retenerme, y con un mordisco bestial, una de ellas me inyecta un sedante, que me deja relajado, disoluto, duermo...

¡Ahh!, hincho las mejillas. El reloj es observado, sin esfuerzo, economizando oxígeno. Cuarenta y cinco segundos; un minuto diez; veinte; ¡aaahhh!..., respiro, que alivio. Segunda vez, me tapo la nariz, aseguro el reto, que agotamiento. Aguanto el aire hasta vaciar mi mente y no sentir nada, sólo, ganas de que se acabe.

Abro mis pestañas, y allí estoy, sentado en medio del campo verde con árboles y todo tipo de animales alrededor. Todos ellos no paran de alborotar y correr de manera aleatoria, asimétrica. Chocan unos contra otros, caen y prosiguen desorganizadamente. Los caballos empiezan a rodearme y protegerme formando un círculo frente a toros sin cornamenta y cuerpos ensangrentados. Solo, las ratas han conseguido sobrepasar la barrera, de modo sutil se dirigen hacia mí. Mi cabeza erguida no permite visualizar el suceso; pero mis vértebras sufren la erosión producida por sus dientes. Devoran mis huesos. Mi garganta tensa bloquea su paso, desesperado, hacia mi cerebro. En esos momentos, noto pinchazos intermitentes en mi nervio óptico, ya han llegado; mi ojo derecho me muestra al izquierdo, riéndose a carcajadas espumosas de incontinencia. Ya no observo nada, ha sido mi última visión. Asumo que pierdo sensaciones, no relaciono mis pensamientos; ya no escucho nada. Corretean mi corteza cerebral, negro, y me diluyo...

Aparece un revoloteo, sin detenerse, sobre augurios de un cielo gris. Camino lentamente ayudado por una vara de algarrobo; sus aspas se me clavan tibiamente. Llovizna sobre mi cabello gris. Llego y llamo a la puerta, aparece el barbudo. Se separa de la puerta, entro y mi acerco sin pausas. Me siento en la silla preparada, agacho mi cabeza sujetándola con mis manos. Estas aprietan mis sienes hasta bloquear mi pensamiento. Cierro los ojos, vuelven a bajar esferas, círculos sin parar. Círculos, y más círculos.

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