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Historias de Fantasmas

Historias, cuentos y relatos de fantasmas, espíritus, poltergeist y otros entidades sobrenaturales.

Sheila era una niña nueva en el colegio que desgraciadamente no conseguía hacer amigos. Una tarde Sheila tuvo una fuerte discusión con sus amigas, la pobre estaba desolada por aquello que había ocurrido y se fue al baño a llorar.

La oscuridad de la noche parecía engullirlo todo. La luna apenas se dejaba ver tapada por las negras nubes que cubrían el cielo. El viento ululaba entre las ramas desnudas de los escasos árboles de retorcidos troncos; éstos eran la única vegetación que subsistía en ese paraje. El paisaje era ciertamente desolador, ya que únicamente se veían bloques de rocas peladas, sin vestigio de vida animal.

La historia que empiezo a escribir es totalmente real. Todo empieza una navidad, mi amiga Patho nos invitó a todos los amigos a su nueva casa para la fiesta que suele hacer cada año.

Era la tarde de Navidad y toda mi familia se reunía a pasar la navidad en mi casa. Me encanta la navidad, son los mejores momentos de mi vida, pues venían mis primos, tías tíos, etc. Mi madre me llamó desde el fondo de la casa y me dijo: por favor ármate el árbol, estoy muy cansada y yo con mucho gusto armé el árbol. Cuando estaba armando vi que el árbol parecía caerse sobre mi, no hice nada y me fui corriendo antes de que me cayera el árbol de tres metros de nuestro jardín, saqué la cabeza y vi a una pequeña niña muy simpática.

Era domingo y me encontraba solo en mi casa, ya que mis padres se fueron a comer a Hoyo de Manzanares,un pueblo de la sierra, yo me quedé en casa para estudiar. Me dispuse a hacerme la comida, cuando de pronto, se encendió la televisión sola.

Toda la policía del pueblo estaba reunida en esa casa, nunca se había visto algo igual antes, era una escena horrible. "¿La media noche? No. ¿El infierno? Tampoco. ¿La muerte? Sería la mejor elección. El miedo no me deja pensar, estoy desesperada. Yo sé que no debí hacerlo.

No podré olvidarlo nunca. Un día me encontraba en mi cuarto viendo una película, y al rato oigo que tocan la puerta y enseguida voy a ver quien es. Era una niña que me dijo si quería ir a jugar en el río.

La noche del día 27 de junio de 1926. -Aaaannaaa... (Una misteriosa voz, casi un murmuro, despertó a Ana a media noche y le hizo salir de su habitación.)

-Aaaaannnaaa...

Me gustan los cementerios, esa noche estaba completamente solo, tenia unas pocas horas para disfrutar de ese cementerio que no había visto antes. Desde que fui a vivir a esa ciudad no tuve demasiado tiempo para mí mismo, pero esa noche era mía y pude hacer lo que más me gustaba, pasear por el cementerio, ver las estatuas, leer las inscripciones de las lápidas, caminar entre tumbas, escuchar el frío silencio del cementerio, compartir la soledad de aquellos que yacían bajo tierra.

Eran cerca de las doce de la noche, mis amigas y yo estábamos aburriéndonos después de una sesión de espiritismo y decidimos ir a dar un paseo con nuestras linternas en mitad de la noche, queríamos ser testigos en directo del paso de la santa compaña.

Se despidieron en el soportal donde él habitaba, mientras la aurora colgaba sobre la noche el primer rezo coránico emergente de la mezquita, abriendo el silencio de la ciudad durmiente, a la hora en que las estrellas mueren, llevándose su bóveda de sueños.

Me llamo Thomas Beresford, y quiero relatarles un suceso, del que fui, a mi pesar, parte y protagonista. Un suceso, que escapa a la razón humana. Corría el invierno de mil novecientos noventa y cinco, y yo, acababa de heredar una pequeña cabaña de montaña, propiedad de un viejo tío abuelo mío, por parte de padre, al que tan sólo había visto un par de veces cuando niño, y del cual, no guardaba el más mínimo recuerdo, ni bueno, ni malo.

Una tarde de otoño, decidí ir al cementerio a visitar la tumba de mi abuela. Como de costumbre, fui sola porque mi marido trabajaba. Iba al lugar con frecuencia para desahogar, en cierto modo, la pena que sentía por su ausencia. Sin darme cuenta llegó la noche y me encontraba todavía, allí sentada.

Esta mañana la portada del diario mostraba un dibujo que representaba una terrible escena. Un joven que rondaba la mayoría de edad yacía sin vida en el suelo con un gran corte en el cuello que emanaba la sangre de la que estaba impregnada toda la habitación. En el retrato, el chico mostraba una cara de espanto escalofriante.

Éramos un grupo de siete chicas, nos reuníamos los fines de semana, algunas tardes entre semana y pasábamos los veranos juntas. Una de nosotras trabajaba en una cervecería por lo que allí era donde nos reuníamos. Esta chica tenía muchos problemas en casa, su padre alcohólico, su madre que le ignoraba...

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