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Clásicos del Terror

Aquí puedes leer relatos góticos clásicos de terror y miedo. Historias góticas de autores clásicos.

I

Tu alma se encontrará sola entre las cosas, Entre oscuros pensamientos de fúnebres losas... De todo el gentío, nadie en verdad Invadirá tu hora de intimidad.

II

No rompas el silencio de esa quietud Que no es exactamente soledad... Los espíritus de los muertos que en vida Conociste, ahora, en la muerte, volverán A rodearte, y su deseo por completo Te eclipsará: manténte quieto.

III

En la noche prístina pero severa Las estrellas, desde su celeste esfera, No irradiarán hacia estos arrabales Su luz de esperanza a los mortales... En cambio, sus órbitas rojizas Serán como una opaca y enfermiza Quemazón, una fiebre inclemente Que azotará tu fatiga eternamente.

IV

Ahora habrá ideas que ya no ahuyentarás Y visiones que nunca desvanecerse verás... Ya no pasarán por tu espíritu postrado Como gotas de rocío por un prado.

V

La brisa, aliento de Dios, se aquieta Y la bruma que cubre la silueta De la colina, sombría pero intacta, Es un símbolo y una señal exacta... Como flota los árboles frondosos: ¡He ahí un misterio prodigioso!

De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe totalmente a la forma siniestra en que desapareció recientemente, sino que tuvo origen en la naturaleza entera del trabajo de su vida, y adquirió gravedad por primera vez hará más de diecisiete años, cuando estábamos en tercer año de nuestra carrera, en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de Arkham.

Se dice que en Ulthar es un pueblo situado más allá del río Skai, nadie puede matar un solo gato; cosa que creo firmemente cuando contemplo el que tengo ronroneando ante el fuego. Pues el gato es enigmático, y está familiarizado con las cosas extrañas que los hombres no pueden ver.

Sucedió en medio de las disipaciones de un duro invierno en Londres. Apareció en diversas fiestas de los personajes más importantes de la vida nocturna y diurna de la capital inglesa, un noble, más notable por sus peculiaridades que por su rango.

Hacía mucho tiempo que la Muerte Roja devastaba el país. Ninguna peste había sido hasta entonces tan fatal y espantosa. La sangre era su avatar, y su sello la rojez y el horror de la sangre. Se producían agudos dolores, súbitos vértigos, y después los poros sangraban copiosamente hasta producir la muerte.

Oinos.–Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu recién ornado con las alas de la inmortalidad. Agathos.–Nada has dicho, Oinos mío, por lo que debas pedir perdón. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. La sabiduría sí, la sabiduría pídesela libremente a los ángeles, que te podrá ser concedida.

Marmontel, en esos "Contes Moraux" (cuentos de costumbres) que nuestros traductores se obstinan en llamar "Moral Tales" (cuentos morales), como si nos burlásemos de su verdadero espíritu, dice: "La rnusique est le seul des talents qui jouissent de lui meme; tous les autres, veulent des témoins". ("La música es la única habilidad que se disfruta por sí misma; les demás necesitan testigos").

¡Recibe en la frente este beso!
Y, por librarme de un peso
antes de partir, confieso
que acertaste si creías
que han sido un sueño mis días;
¿Pero es acaso menos grave
que la esperanza se acabe
de noche o a pleno sol,
con o sin una visión?
Hasta nuestro último empeño
es sólo un sueño en un sueno.

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
"Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más."

Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu.

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo.

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